October 22, 2026

Hay dos futuros en disputa en Brasil

La primera vuelta de las elecciones en Brasil, el 4 de octubre, dejó dos imágenes opuestas: un fuerte avance institucional de la extrema derecha y cifras históricas de mujeres, personas negras y LGBT+ electas en el campo democrático. ¿Qué explica este resultado ambivalente? ¿Y qué lecciones deja para Colombia y la región?

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El domingo 4 de octubre, Brasil fue a las urnas para la primera vuelta de unas elecciones que dejaron un resultado ambivalente: el avance de la extrema derecha convive con cifras históricas de mujeres, personas negras y LGBT+ del campo democrático electas. Aunque el resultado es un capítulo más de la escalada de la extrema derecha en Brasil y en el mundo, sorprendió a muchos. Hubo quienes creyeron que la elección de Lula en 2022 y la condena de Jair Bolsonaro, expresidente y líder del bolsonarismo, por intento de golpe de Estado, significaban una derrota de la extrema derecha. Y hubo también quienes pensaron que, con la recuperación económica, la caída del desempleo, de la inflación y de la pobreza durante los últimos 4 años, la elección estaba ganada para el PT. No eran suposiciones absurdas, y quizás en otro momento histórico habrían sido ciertas. Pero hoy subestiman al menos tres factores.

El primero es una disputa de sentido que desborda la realidad. La forma en que nos informamos hace que la realidad ya no se viva de manera colectiva y que, incluso, llegue distorsionada: somos millones de personas aisladas frente a pantallas, que percibimos el mundo cada vez menos desde la vida concreta y cada vez más a través de las narrativas polarizadas y radicalizadas que ofrece el algoritmo. La percepción no es una lectura objetiva de la realidad material, sino un proceso subjetivo mediado y moldeado por narrativas. En un escenario en el que la verdad parece importar poco, esa disputa se da sobre todo en redes sociales que funcionan como ecosistemas de atención y que favorecen al campo antiderechos. En la batalla narrativa, la extrema derecha va ganando, más allá de lo que digan las urnas.

El segundo es un contexto global innegablemente desfavorable para el campo democrático. La extrema derecha está articulada a nivel internacional, con redes y mucho financiamiento, y la mayor potencia económica y militar del mundo tiene hoy un gobierno y una política exterior muy alineados con ella. En Brasil, según informó la prensa, la agencia de inteligencia del país envió al gobierno y al Tribunal Electoral un informe reservado que alerta sobre un riesgo “crítico” de presiones políticas, económicas y diplomáticas de Estados Unidos sobre el proceso electoral. A eso se suma la presión comercial: desde julio de 2026, Brasil enfrenta un paquete de aranceles del gobierno de Donald Trump que en algunos productos llega al 37,5% y que, según el Financial Times, convierte a Brasil en el país más perjudicado por la nueva política arancelaria estadounidense.

El tercero es que, justamente por contar con más recursos y con apoyos constantes y de largo plazo, la extrema derecha puede estar en campaña todo el tiempo, y no solo cada cuatro años. Es entre una elección y otra cuando sus liderazgos ganan autoridad, legitimidad, comunidad y alcance, y no lo hacen solos: tienen detrás equipos profesionales, inteligencia de datos, consultorías internacionales carísimas, producción de contenido durante todo el año, escuelas de formación política y think tanks propios. Se apoyan, además, en redes religiosas muy organizadas y en una comunicación digital que no se apaga entre elecciones y que se ve favorecida por el funcionamiento de los algoritmos.

Las plataformas tampoco son árbitros neutrales. Como se informó ampliamente, diez días antes de la primera vuelta Meta deshabilitó la cuenta de anuncios de la campaña presidencial de Lula. Ese mismo día, Instagram sacó del aire durante algunas horas un perfil que había publicado un video crítico sobre el caso Banco Master, un enorme escándalo financiero por el que el candidato Flávio Bolsonaro es investigado por la Policía Federal. El perfil volvió a estar disponible, pero nadie explicó qué regla se había infringido. El Ministerio de Justicia pidió explicaciones y hay denuncias ante el Tribunal Electoral, todavía sin conclusión. Hay indicios suficientes para hacer una pregunta de fondo: ¿quién decide qué circula en una elección? Hoy esa decisión está en manos de empresas privadas que operan con reglas opacas.

Dos imágenes opuestas

Aun jugando en una cancha inclinada, en la que los algoritmos, los recursos y el contexto internacional favorecen al adversario, el campo democrático no salió de las urnas con las manos vacías. Circula una lectura derrotista, a veces alimentada por el tono amenazante de la propia extrema derecha, según la cual ella habría sido la única gran ganadora. Pero la foto que deja la primera vuelta es más compleja y ambivalente: muestra dos imágenes opuestas que conviven.

La primera es, sin duda, la de un avance institucional muy fuerte de la derecha. Solo el principal partido del bolsonarismo, el PL, consiguió 121 de los 513 diputados federales y tendrá cerca de un tercio del Senado, y se trata de un solo partido: la derecha en su conjunto es todavía más grande. También ganó gobernaciones importantes, y la disputa presidencial, muy polarizada y con votaciones poco expresivas para el resto de las candidaturas, se definió por menos de dos puntos.

La segunda imagen es la de resultados históricos para el campo de derechos. Erika Hilton, mujer negra y trans, se convirtió en la mujer más votada de la historia de la Cámara de Diputados, con casi 1,6 millones de votos; la presencia LGBT+ en la Cámara pasó de 4 a 13 parlamentarios, y por primera vez una mujer del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra llega a la Cámara federal. Las candidaturas de Quilombo nos Parlamentos, iniciativa de la Coalición Negra por Derechos (Coalizão Negra por Direitos), movilizaron 22 millones de votos y eligieron a 42 liderazgos negros. Los partidos de izquierda eligieron 47 diputadas, y una coalición de tres de ellos, por sí sola, eligió 34, la mayor bancada femenina entre todas las fuerzas partidarias.

Ambas imágenes salieron de las mismas urnas y muestran que la disputa, aunque desigual, sigue viva. El proyecto de país y de futuro del campo democrático conserva su capacidad de seducir, de entusiasmar y de movilizar votos. Sea cual sea el resultado de la segunda vuelta, el juego no terminó y todavía es posible ganarlo.

Mujeres y extrema derecha

El resultado legislativo de la primera vuelta dejó otro fenómeno importante: un récord histórico de mujeres electas para la Cámara y el Senado. Brasil, que hoy ocupa el puesto 138 en el ranking mundial de participación femenina en los parlamentos nacionales de la Unión Interparlamentaria (UIP), tendrá la mayor bancada femenina de la historia de su Cámara de Diputados, con 109 diputadas, y eligió 12 senadoras, el mayor número desde la redemocratización.

Sin embargo, ya sabemos que más mujeres no significa necesariamente más derechos para la mayoría de las mujeres. De las 109 diputadas electas, 47 son de izquierda, 40 de centroderecha y 22 del principal partido de la extrema derecha; de las 12 senadoras, 4 son de partidos de izquierda, 5 de centroderecha y 3 de extrema derecha.

La lección más dura es que la presencia de mujeres en la política dejó de ser bandera de un solo campo. Tras su derrota en la elección presidencial de 2022, la extrema derecha entendió que tenía que ganarse a las mujeres e hizo un trabajo de base en todo el país: formó mujeres, las proyectó y les dio protagonismo, muchas veces para encabezar retrocesos en los derechos de las propias mujeres. Contar mujeres ya no alcanza; la pregunta ahora es para qué llegan al poder y al servicio de quién.

Un ejemplo ayuda a pensarlo. La diputada estadual más votada de São Paulo, con casi dos millones de votos, se define en sus redes como “la mayor enemiga de las feministas”. Su discurso antifeminista les ofrece a muchas mujeres una identidad política: propone un adversario, genera un sentido de pertenencia y abre la posibilidad de un protagonismo femenino que no cuestiona, sino que reafirma, las instituciones de la familia, la religión y la jerarquía de género. Aun así, el discurso no explica por sí solo una votación de ese tamaño: detrás hay apoyo partidario, alianzas y alcance digital, es decir, una infraestructura.

Del otro lado, este año hubo mucha movilización en las redes. Campañas suprapartidarias pusieron a las mujeres, sus experiencias y sus necesidades en el centro de la conversación electoral, dieron visibilidad a candidaturas femeninas y defendieron el voto de las mujeres en un momento en que sectores de la extrema derecha lo cuestionan y dicen que votamos mal, cuando lo cierto es que, en muchos lugares del mundo, las mujeres venimos siendo una barrera de contención frente al autoritarismo.

Esas campañas buscaron levantar la autoestima política de las mujeres y recordarles que ya saben de política: somos jefas de cerca de la mitad de los hogares brasileños, tomamos decisiones que guían a nuestras familias y muchas criamos solas a nuestros hijos. Si la política es cuidado y bienestar colectivo, eso lo venimos haciendo hace siglos. Y el apoyo existe: según la encuesta Mujeres en Diálogo (2025), del Instituto Update, el 85% de las brasileñas, de todo el espectro político, quiere más mujeres en la política. Hay consenso sobre la presencia; lo que está en disputa es su sentido.

Lo que viene después de octubre

La extrema derecha trata la política como un proceso continuo y no como algo que ocurre cada cuatro años, y esa es la principal lección para el campo democrático: la formación, el financiamiento, los equipos, la protección y las alianzas tienen que existir antes, durante y después de cada elección. Si la derecha pasó a invertir en liderazgos femeninos, la izquierda tiene que preguntarse qué condiciones les ofrece a sus mujeres para competir.

Ese compromiso sigue después de octubre. Las electas necesitan condiciones para ejercer sus mandatos, incidir en las decisiones y abrir camino a otras, y las candidatas que no ganaron una banca siguen siendo liderazgos importantes del campo: tenemos que entender los vínculos que construyeron y ofrecerles medios para que sigan creciendo.

La disputa no es solo por votos, sino por el sentido de la realidad y del futuro, y para darla necesitamos aprender a hablar el idioma de los deseos de la gente, que no son solo deseos de trabajo, dignidad y oportunidades, sino también de fascinación, de deslumbramiento, de encantamiento, de fe y de esperanza. Hay liderazgos del campo democrático que ya lo están haciendo y que ganan espacio en las redes aun en una cancha inclinada. Ana Elisa, una joven negra de 21 años electa diputada federal por Minas Gerais por el Partido de los Trabajadores, llama la atención por su uso estratégico de la comunicación digital, con un alcance comparable al de muchas figuras conocidas de la extrema derecha. Lo mismo ocurre con Erika Hilton, que a menudo aparece como la única representante del campo democrático en los rankings de figuras políticas con más interacción y alcance en redes. Son experiencias que vale la pena amplificar, compartir y estudiar.

Queda, por último, un territorio que ningún campo conquistó: los más de 30 millones de brasileñas y brasileños, el 21% del electorado, que no fueron a votar, la abstención más alta en casi tres décadas. Detrás de esa cifra hay gente que dejó de creer que votar cambia algo, y es ahí, más que en convencer a quienes ya están convencidos, donde se juega buena parte del futuro: en reconquistar la confianza en la política como herramienta colectiva para transformar la vida y en construir una democracia que responda de verdad a lo que la gente necesita. Es un desafío que Brasil comparte con Colombia y con toda la región, y que ninguno de nuestros países va a resolver por su cuenta. De esa tarea colectiva depende algo más que el resultado de una elección: depende que la democracia siga siendo un lugar donde podamos imaginar y construir futuros juntas.

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Autor

  • É diretora executiva do Instituto Update. Mestranda em Comunicação e Cultura Digital pela FGV/Rio e especialista em Política e Sociedade pelo IESP/UERJ. Tem experiência em estratégias de comunicação, campanhas políticas e organizações sociais, com atuação em projetos sobre raça, gênero e suas intersecções.

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