
Julio César Lasso, el tirador de Teotihuacán que mató a una turista canadiense y dejó a 13 personas heridas este 20 de abril, es el tercer hombre radicalizado en internet que comete un asesinato público este año en México.
El primer caso del año fue el de un estudiante de 19 años que, armado con un cuchillo, asesinó a un compañero de su clase e hirió a un trabajador en el Colegio de Ciencias y Humanidades de CDMX, en octubre de 2025. Lex Ashton, que luego se tiró de una azotea y se fracturó las piernas, publicó su plan en foros digitales de la comunidad incel.
En marzo de 2026, Osmer H., un joven de 15 años de Michoacán, subió a sus redes un video con referencias misóginas, explícitamente antifeministas y hablando de tiroteos escolares. Luego fue a su preparatoria y mató a dos de sus maestras. En otro de sus reels se escucha a otro sujeto decir: “He decidido enviar a las feministas, que siempre han arruinado mi vida, con su creador. Odio a las feministas. Su rastro digital conectó al joven con grupos incel”.
Ahora, se cree que Julio César Lasso, el tirador de Teotihuacán, de 27 años, estaba haciendo una especie de “homenaje” a la matanza de Columbine, pues el 20 de abril, día del ataque, era el aniversario de la que fue una de las primeras masacres perpetradas por hombres jóvenes con acceso a armas en EEUU. Jasso llevaba libros sobre la masacre en una mochila, estaba vestido de forma similar a uno de los perpetradores de Columbine y tenía puesta una camiseta que decía “Disconnect & Self-Destruct”, una frase que hace alusión a la True Crime Community o TCC, una comunidad online, extremista y de ultraderecha, que nació en EEUU, pero que hoy en día es global, de admiradores de los tiradores de otras masacres, especialmente Columbine. Los guiños que hacía Jasso con su ropa también estaban presentes en otros ataques en países como Canadá e Indonesia, y van dirigidos a otros integrantes de la comunidad.
Puntos en común
Los tres atentados tienen en común algo que el Combating Terrorism Center llama “violencia nihilista”: cuando “individuos alientan, glorifican, difunden y, en última instancia, cometen actos de violencia públicos y performativos sin una clara motivación ideológica” Aunque esta violencia parece no tener sentido, refleja las dinámicas de un ecosistema social compuesto en su mayoría por individuos jóvenes y descontentos que elevan la ideación suicida a un último acto de violencia retributiva que los hará memorables en la comunidad”. El centro también habla de “violencia extremista memética y participatoria”, “una forma de violencia que es también una afirmación simbólica de afiliación con un colectivo que valoriza las trasgresiones violentas, tanto como un acto en sí mismo como por su aparente significado social y cultural, a falta de un objetivo político e ideológico”.
También es común a estos atentados la misoginia de sus perpetradores. Hay muchos discursos en redes que parecen inofensivos porque hablan de masculinidades aspiracionales, pero que en realidad se basan en reafirmar roles de género en donde los hombres son quienes deben y merecen tener acceso al poder. Es el comienzo para conectarse con discursos que van siendo cada vez más radicales y violentos. Cuando algunos de esos hombres sienten que la sociedad o el sistema no les han dado el lugar que “como hombres merecen”, se tornan violentos. Hay un continuum de violencia que conecta a estos atentados con la violencia feminicida. De hecho, compañeros de escuela de Jasso han contado que hostigaba digitalmente a sus compañeras con mensajes de odio, y que a una la había amenazado, en persona, con unas tijeras.
El machismo es un problema de salud y seguridad pública.
En este punto, la radicalización de los hombres jóvenes online en México es un asunto de seguridad nacional. Es un fenómeno que creíamos confinado a EEUU, pero que ha llegado a Latinoamérica y puede esparcirse fácilmente por toda la región.
Frenarlo no va a ser fácil. Primero, porque aún tenemos demasiado normalizada la misoginia. Segundo, porque los Estados tienen que exigirles control y rendición de cuentas a las plataformas digitales. ¿Me vas a decir que unas corporaciones que nos tienen tan perfectamente perfilados que se anticipan a nuestros gustos, no van a identificar las señales de alarma de un potencial tirador? Obvio, pueden, namás que no les da la gana, porque toda su vigilancia es para vendernos cosas y los Estados les dejan hacerlo sin ningún control.
Esta tragedia nace de un cóctel de machismo, ruptura del tejido social, acceso a armas, plataformas que favorecen los discursos de odio y un contexto que ya es violento por otros factores como el crimen organizado.