febrero 3, 2023

Yaneth Valencia, 25 años de lucha por las mujeres negras con VIH en Colombia

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Foto de Alexander Gómez–Ilustración de Carolina Urueta

“El VIH cada día tiene más rostro de mujer: profesionales, amas de casa, profesoras, estudiantes, niñas”, dice en entrevista Yaneth Valencia, fundadora de Lila Mujer, una asociación de mujeres con VIH en Cali, Colombia y un referente para las mujeres negras con VIH de las comunidades del suroccidente colombiano. A 25 años de su diagnóstico, no entiende cómo la gente sigue hablando con tantos prejuicios de un tema que lleva 40 años discutiéndose. 

Recibió el diagnóstico casi a los 24 años cuando era madre de una niña de 4 a quien mantenía sola porque su pareja no cumplía con su paternidad. “En esa soledad, me dijeron que tenía SIDA, en ese entonces le decían a una persona que salía con un diagnóstico de VIH que éramos las del SIDA: las nadie, las impuras y que seguro estábamos pagando algo por tener esa enfermedad, lo cual no ha cambiado mucho en este país estigmatizador, racista, excluyente y señalizador que es Colombia”.

Durante estos años le ha sido difícil dejar de pensar qué cosas pudieron ser diferentes, si hubiera contado, por ejemplo, con otras formas para sanar. Aclara que no habla desde el resentimiento cuando señala el privilegio que tienen algunas personas mestizas o blancas, a diferencia de las mujeres negras: 

“Ser mujer y negra era algo que me cuestionaba constantemente, siempre escuchando en múltiples ocasiones lo que la gente me decía: que “lo negro era malo” y que debería tener mis hijos con blancos para mejorar la raza. Nos metieron en la cabeza que lo único que tenía valor era el cuerpo canónico de los blancos con su narices respingadas y su pelo liso y rubio, las que no entrábamos en ese prototipo éramos de segunda mano, las feas, las pobres, las negras”, dice.

En su experiencia, el activismo sobre el VIH suele estar representado sobre todo por hombres gay. Pero a las mujeres negras con VIH les atraviesa más de una desigualdad y, en su opinión, a veces eso no se toma en cuenta ni en la lucha sobre el VIH ni en el feminismo.  

“Hicimos una investigación del 2015, en la que entrevistamos a personas del suroccidente colombiano y todas eran mujeres cisgénero, la mayoría de ellas adquirió el virus con sus parejas. He visto a muchas chicas violentadas sexualmente a quienes les transmitieron VIH. Mi análisis de esto es que yo, siendo una mujer con VIH que adquirió el virus con su pareja, estoy representando a muchas voces, porque además el VIH es una enfermedad de señalamiento”.

Las mujeres indígenas y negras con VIH tienden a tener una mayor dificultad para iniciar su tratamiento. Valencia dice que en territorios colombianos como Guapi o Timbiquí no les dan atención de calidad ni les facilitan el transporte a los centros de salud, tampoco les apoyan con hospedaje para poder acceder a tratamientos solo disponibles en la ciudad. 

Hace un tiempo, antes de fundar Lila Mujer, vio una película que le impactó: Memorias de Antonia de Marleen Gorris, la historia de una mujer que transformó un pueblo silencioso después de la Segunda Guerra Mundial. Antonia es un personaje independiente e inspirador que transforma su vida y, al mismo tiempo, la vida de su comunidad. 

“Ese pueblo no se transformó con silencio, hay que gritar. Al principio hay que gritar sola porque las otras mujeres no se atreven a dar la cara por el miedo a que las rechacen”, explica. 

Su manera de gritar fue crear Lila, la asociación que describe como un sueño de mujeres que no tienen cómo apoyarse y, entonces, hacen un grupo. Al principio, como en la película, Yaneth Valencia tuvo que empezar sola, a veces llegaba a las reuniones solo ella porque algunas compañeras se habían muerto o estaban atendiendo a sus hijes, o porque les daba miedo que las asociaran con VIH.

El miedo se lo arremangó cuando se dio cuenta que a las mujeres les atravesaba la economía y la maternidad. Después de que la echaran de varios trabajos y de su segundo embarazo, comenzó a ir a charlas, a dar testimonio en pueblos del Valle del Cauca y a ser más activa. A principios del 2000 escribió a la Comunidad Internacional de Mujeres Viviendo con VIH (ICW) y la seleccionaron para ir a un congreso en Argentina. “Yo llené el formulario, no sabía qué era un pasaporte porque a mis 28 años nunca había viajado”. 

En esa experiencia conoció las historias de otras mujeres que habían sufrido violencia de género y que tenían VIH y las vio “tan firmes, tan paradas, sin agacharle la cabeza a nadie y reclamándole al gobierno”, que dijo “bueno, voy a dar la cara”. Regresó y les avisó a sus hijas que a partir de entonces iba a ser visible. Dice que no tiene muchos amigos, pero a cambio es libre. 

“Dar testimonio era lo único que sabía, no sabía de cifras pero sabía de mis compañeras, que estaban aguantando hambre. Hice un inventario de habilidades y cuando empecé la asociación Lila tenía que mandar un informe de lo que pasaba en el país con las mujeres negras. Los noticieros comenzaron a llamarme y no me daba cuenta de la pedagogía que estaba haciendo y que ayudaba a que muchas mujeres negras siguieran con su vida y no les diera miedo”, cuenta. 

Yaneth Valencia le llama al VIH “el virus del desamor” porque se estigmatiza y discrimina a quienes viven con él. Una vez un tipo le dijo que quería tener algo con ella, pero a escondidas: “Y yo como soy tan eufórica, le digo ¿qué te pasa, si yo no me escondo ni del virus y crees que me voy a esconder con vos?”.

Es el virus del desamor también por esa mujer que se le acercó en una ocasión para decirle que llevaba 26 años viviendo con VIH y nadie de su familia lo sabía. “Maestras que viven en un barrio y la gente se da cuenta que tienen VIH porque se mueren, es tenaz. Es el virus del desamor, es la enfermedad del desamor”, dice. 

Tener VIH no solo le ha afectado la salud física, sino también la salud mental, salud sexual y emocional: “No puedo negar que vivir esas situaciones endurecieron mi corazón y siento que me convertí en una mujer irritable y llena de rabia. Reconozco que mi manera de ser antes era más por las ganas de vivir y poder ver crecer a mis hijas que eran tan pequeñas, criarlas desde el amor y que nadie les hiciera daño”, confiesa. Poco a poco pudo salir de ese dolor gracias a una red de apoyo que la inspira para seguir caminando.

Ella le cuenta al del bus, al del Uber, al dentista, que se puede tener VIH y estar enamorada, que se puede vivir distinto a esa vida a la que suelen relegar a las mujeres negras con VIH, a las que “encierran literalmente”.

“La mayoría de las lideresas que yo veo son mestizas, profesionales, han tenido un estatus diferente y saben hacer propuestas para tener recursos y todo eso. Yo tengo a Lila y nunca me he ganado un millón de pesos colombianos, no tengo un equipo de trabajo. Yo sigo ahí haciendo bulla como la gallina. Mi abuela decía que los peces ponían más huevos y no hacían bulla, y yo estaba haciendo eso, pero ahora tengo que hacer bulla. Aquí en Cali, tengo que ser visible siempre, dar la cara a los medios. La mayoría de las mujeres negras callamos, más con el VIH que es una enfermedad de vergüenza”, dice. 

La mayoría de las mujeres con VIH que conoce tiene empleos informales, han consumido sustancias psicoactivas y ejercido el trabajo sexual. Esas situaciones de inseguridad también se han extendido a sus hijos y han tenido como consecuencia el alejamiento de sus familias, las redes de apoyo más inmediatas. 

“Yo quisiera tener todos los recursos todo el tiempo. Le decía a un amigo que por qué no escribíamos una vez al mes sobre la situación que viven las mujeres negras e indígenas con VIH, pero se necesita dinero, tiempo”. 

Su red de apoyo la acepta porque ella se acepta. “Soñaba con que mis hijas pudieran estudiar y estar en un lugar seguro y no lo tuvieron tampoco, por más que una quería y trabajaba. Tuvieron una mamá que en medio de todo ese laberinto tenía que estar sanando muchas cosas”, dice. 

Para que esto cambie también se necesita la garantía del derecho a la salud integral, pero a muchas mujeres negras ni siquiera durante la pandemia del Covid 19 les llegó ayuda. 

Reclama que ni el sistema de salud ni el sistema educativo está comprometido con informar sobre el VIH. Tampoco el feminismo: “Debería meterse más fuerte en esos temas y no se meten”.

Al preguntarle sus expectativas sobre el futuro dice que ella cree en el presente. En un presente en el que ella es simplemente una ser humana con un diagnóstico y la lucha constante de que ese diagnóstico no determine su vida ni su libertad: “He enterrado a mucha gente que no tiene VIH y yo sigo viva”.   

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Autor

  • Katia Rejón

    Periodista y escritora feminista. Fundó la revista de periodismo cultural Memorias de Nómada en Yucatán, México. Forma parte de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas. Ha publicado reportajes en Nexos, Animal Político, Pie de Página, Poder Latam, Malvestida, entre otros. Escribe sobre cultura, derechos humanos, salud y sexualidad. Autora del libro de poesía Notas de Jardinería (Cuadrivio Ediciones, 2020).

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