octubre 22, 2022

VIH en mi cuerpo trans negro: la luciérnaga que palpita en mi sangre

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Ilustración de Carolina Urueta

 “Si el VIH ya está estigmatizado, ahora imagínate en una trans negra” me dijo una enfermera la primera vez que me atendió en Cali, Colombia, luego de leer, alarmada, los exámenes de mi primera carga viral, –que ya estaba suprimida hace más de un año– en señal de asombro y repugnancia. Yo no entendí por qué se asombró de mi carga viral inicial, si en ese momento tenía en sus manos los exámenes que confirmaban que yo era indetectable (significa que tengo mínimas copias de VIH en mi cuerpo y también que no puedo transmitir el VIH mediante un intercambio sexual), sobre todo, porque venía de ella, una profesional de la salud. Lo que sí entendí fue que ella misma me sitúo en el lugar más amargo de la estigmatización: las mujeres trans negras soportamos el peso más grande de lo que significa vivir con VIH.

Las personas trans fuimos contadas apenas desde el 2012 en los estudios que investigan el VIH en Colombia con el sexo que nos asignaron al nacer, lo que no solo significó que se negara nuestra identidad –para el caso de las mujeres trans “eramos hombres que tenían sexo con otros hombres”– sino que invisibilizó y homogenizó nuestras experiencias en la salud pública, cuyo devenir es una violencia sistemática sobre nuestras corporalidades. Quienes tenemos particularidades de atención en salud que van desde el tránsito (asistido hormonalmente o no) acorde a nuestra identidad de género y que deriva en diversos estándares de cuidado, hasta las necesidades provenientes de la vulnerabilidad y marginación a las que como comunidad trans nos vemos expuestas.

Es bien sabido que vivir con VIH, para cualquier persona, trae consecuencias psicológicas debido a la historia de estigma que la sociedad junto con los medios de comunicación hegemónicos le han dado a los cuerpos que están “expuestos al virus” y a sus “prácticas de riesgo”. Sin embargo, las mujeres trans negras huérfanas de capital social y económico hemos sido arrinconadas en nuestros territorios también racializados como negros y nos han llevado a precarizar nuestras vidas (si queremos vivirlas), a cargar en nuestros cuerpos las violencias más agudas y a que todo horror esté justificado sobre nuestra existencia, desde las tiranas miradas en nuestra cotidianidad, hasta las estructuras más opresorsa cuyo mensaje es que solo merecemos estar en la calle.

Es indispensable que la alta prevalencia del VIH en mujeres trans no se analice estrictamente desde un comportamiento epidemiológico y su modelo de conductas de riesgo, sino que se analice bajo las determinantes sociales, económicas y culturales a las que estamos expuestas las mujeres trans. Es una realidad que estamos orilladas a ejercer el trabajo sexual como el único camino para solventar nuestra economía, que vivimos en los lugares más empobrecidos de nuestros territorios, y que tenemos mayor riesgo de estar en habitabilidad de calle porque nuestras familias se convierten en la boca de un tiburón hambriento al no comprender nuestras identidades. Esta incomprensión es estructural y, sin embargo, configura nuestras agencias otras. 

Como es una estructura, poco tiene que ver con la actitud. Supongamos que salgo a la calle siendo la mujer trans negra más empoderada y decidida a desafiar al cis-tema, eso no significa que no me discriminen en la mayoría de los espacios en los que transito, ni que no me contraten en ningún lugar, entonces, parece que mi agencia-otra está en el rebusque, nunca en la formalidad. 

Pienso, que si el VIH se me notara, si estuviera marcada con una “x” en mi espalda como la sucia de sangre, sería arrojada a las profundidades de la humillación, más de lo que he sido incluso antes de vivir abiertamente el diagnóstico VIH positivo. Por nuestra propia seguridad, que es una disputa entre la vida y la muerte, vivimos con nuestro diagnóstico en secreto a sabiendas de que el virus es una luciérnaga que palpita en nuestra sangre. El Estado es culpable por su ausencia, porque en vez de relumbrar con nosotras, nos apaga, (no el VIH, sí el egoísmo de los Estados).

Es una realidad que las mujeres trans no queremos ir a un centro de salud donde se desconozca nuestra identidad, y se desconozca nuestra humanidad. El ojo que nos mira nos acusa. Los cuerpos blancos son los humanos: tienen ganada la compasión y la empatía, nunca un cuerpo negro y muchos menos trans. Esta realidad también configura un problema, pues somos las últimas en ir a hacernos pruebas de VIH, y para algunas, no hay nada peor que demasiado tarde. 

Pedimos a gritos personal de salud preparado sobre nuestras identidades, que el sistema de salud también deje de ser la boca de un tiburón hambriento. Porque no es solo el sistema de salud la boca de un tiburón, lo es el país entero, el barrio, y nuestras familias que se vuelcan contra nuestra humanidad de manera violenta.

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Autor

  • Flor Bárcenas Feria

    Flor Bárcenas Feria (Montería, Colombia). Licenciada en Literatura y poeta trans afrocaribeña, autora del poemario "Bramidos de agua dulce", incluida en la antología "Como la Flor" Voces de la poesía cuir colombiana contemporánea. Activista VIH positiva y becaria de la especialización en Escritura Creativa con enfoque afrodiásporico de la universidad ICESI.

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