marzo 16, 2022

Todo lo que odiabas por ser “de mal gusto” lo amaste en Euphoria

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De 1999 a 2003 viví mi adolescencia y la época del Y2K en todo su esplendor: maquillaje metálico, pelos con “piojitos”, caimanes, brillos labiales o labios en degradé, jean descaderado (físico privilegiado de mis 13 años), minifaldas de jean, ombligueras metálicas y otras declaraciones de estilo que veía en las estrellas de MTV del momento, como Missy Elliot, TLC, Gwen Stefani, Aaliyah y J Lo. Todas, claro, mujeres que tomaban elementos culturales de sus entornos no blancos para hacerlos parte del capitalismo y establecimiento y, de paso, para que estrellas en ese entonces más desenfadadas (y por supuesto blancas y por supuesto ricas) como Paris Hilton, mostraran sus tendencias, las hicieran icónicas y redituables. Y es exactamente eso lo que está sucediendo ahora, 20 años después, con las protagonistas de Euphoria y cantantes pop como Dua Lipa o Bella Hadid, que es un escaparate altivo y despreocupado de todos estos caprichos estéticos que reinaron en mi adolescencia.

Pero en una región como Latinoamérica, todo ello ha sido juzgado más bien por sesgos de clase: con aporofobia y criminalización a quienes originariamente crearon estas estéticas en lugares periféricos de la blanquitud y el capitalismo. Si en Londres de 1975 se horrorizaban por los punks, para luego vender sus atuendos por miles de libras para que los usaran las “Ladies” de entonces, en América Latina desde los 80 y 90 se identificaba al “ñero” (como decimos en Colombia) o al “naco” (como dicen en México) por sus camisetas y gorras de los Hornets, o sus grandes camisas de los Looney Tunes. O a la “ñera” y “naca” por sus candongas y labiales delineados, sus sombras, ombligueras, jeans rotos y adornados sin bolsillos, con cachumbos lisos y húmedos rodeándoles la cara. Tanta discriminación para saber qué, irónicamente, esas piezas de esa persona criminalizada y excluida por usarlas fueron sacadas por H&M con Moschino en una colección carísima para el usuario medio, o que las gorras y chaquetas de los Hornets en algunos casos son piezas de colección. Y que mujeres como Kendall Jenner, Hunter Schaefer o Alexa Demie, las dos últimas actrices en Euphoria, usan todo esto sin ser señaladas. Antes, se suben a las pasarelas y tienen contratos de moda y belleza.  Entonces, ¿qué es lo que está pasando?

Sencillo: que nuestra propia señorialidad y nuestro nunca abandonado colonialismo nos impiden ver que todo lo que hemos juzgado social, racial, sexual y culturalmente por siglos, es lo que ha hecho que el capitalismo y sus industrias encuentren nuevos modos de expresión y, por supuesto, de mercantilización. El racismo, por ejemplo, hizo que los europeos exhibieran como un animal a la Venus Hotentote por el tamaño de su trasero en el siglo XIX, y que, dos siglos después,  JLo y Kim Kardashian fueran blancos constantes de slutshaming por ello. Todo  para que, años después, ambas, junto con Sofía Vergara, instauraran una nueva manera de verse, unos nuevos estándares de belleza.

Porque si Vergara lo hacía desde lo cliché de “latin lover”, Kardashian, por su parte, aprovechaba toda esa estética voluptuosa tan despreciada por el establecimiento en Latinoamérica, tan marginalizada y tan común, para crear un nuevo cuerpo y un nuevo rostro, abundante hoy en lo digital y en el star system. Y hoy en día muchos reniegan de las modelos que usan jeans “levantacola”, de estas mismas piezas y todos sus códigos estéticos, sin saber que estas marcas son las que más dinero tienen en exportaciones a nivel latino. Y no es todo:  Kardashian ha vendido todo eso desde 2010, solo que ahora tiene la “legitimidad” de una marca como Balmain encima, aunque su figura y la de una mujer latina están llenas de puntos de encuentro. Pero, a diferencia de cualquier mujer con jean levantacola en un pueblo latinoamericano, Kardashian sí es “válida” como “ícono de moda” solo porque ahora se viste de firma europea. 

Pero no solo pasa con este cuerpo y sus estéticas derivadas o circundantes:  Yolandi y Ninja, de Die Antwoord, eran pura “white trash” sudafricana. Y solo cuando vieron su universo plagiado en la película de Escuadrón Suicida ambos comprendieron cómo el establecimiento blanco había validado y mercantilizado su esencia, y se rebelaron.  Algo que también les pasó a las cholas angelinas, indignadas por ver a Selena Gómez y a Gwen Stefani disfrazadas de su cultura, apropiándose de los looks de las mujeres de los barrios afro de Estados Unidos. En Latinoamérica, para no ir más lejos, todos esos “moods estéticos” el reguetón los ha tomado para pulirlos y sí, hacerlos más globales según las demandas digitales, así como la música popular. Ambos géneros, ampliamente criticados por su machismo, claro, pero con un trasfondo de clasismo y racismo dentro de esos señalamientos, porque los géneros más “blanqueados” y europeizados, como el rock, han pasado de agache con todos sus desmanes y, por supuesto, sus looks son algo “cool” dentro de esa normalidad y aspiracionalidad tan ingenua y aburridora que las élites colombianas han visto en los ingleses y demás países europeos (sobre todo en Bogotá, centro de opinión de moda).

Entonces, ¿los cachumbos, uñas largas y peinados de la “ñera”  y «naca» solo están bien cuando los usa Bella Hadid y te los cobran más caros? ¿Esa minifalda, o ese jean imposible, solo son geniales cuando los usa Emily Ratajkowski? Sí: sólo somos capaces de reconocer lo propio, y dejar de criticarlo, cuando vuelve tamizado por la blancura, la élite y el capitalismo. Porque lo que usa la chica de “mal gusto”, lamento decirlo, ya te lo vendió la moda  (y hace rato) pero mucho más caro.

Entonces, ¿seguiremos repitiendo los mismos patrones de apropiación y consumo ligero sin saber que hay profundas barreras de raza y clase que se han invisibilizado, o estableceremos una reflexión acerca de lo que nos vende el capitalismo y cómo solo es aceptado por estas estructuras que son libres de acomodar sus propios relatos? O, por el contrario, ¿podremos por fin dar un rostro y su propio relato a las expresiones originarias de moda sin condescendencia, exotización y paternalismo, para por fin descolonizar,  de verdad, una expresión que ha sido símbolo de aquellos que luchan por tener su propia voz? Piénsalo, antes de que te vistas de Maddy Perez la próxima vez. 

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Autor

  • Lux Lancheros

    Reportera de historias de moda de la periferia y docente de Historia de Moda en Colombia, Universidad de la Sabana. Speaker de Bogota Fashion Week 2020.

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