mayo 20, 2024

Sin traje de luces también hay fiesta y en ella cabemos todas

Mientras en el congreso colombiano se discute si dar cabida o prohibir las corridas de toros, los feminismos vuelven a poner en juego sus aportes para entender por qué deberíamos configurar espectáculos culturales que celebren la vida y no la muerte. Manuela Besada y Daniela Rodríguez Peña reflexionan alrededor de las imposiciones patriarcales y colonialistas que acarrea la crueldad en las corridas de toros.

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Portada por Isabella Londoño

¿Qué se ha dicho sobre la tauromaquia desde los feminismos? Han sido bastantes los aportes teóricos que ha hecho el feminismo a las luchas ecológicas y animalistas, como lo son la oposición a la crueldad animal, e incluso a la industria cárnica. Esta columna busca ser un ejercicio de diálogo para robustecer las luchas emancipatorias e intersecciones de estas con el animalismo o el antiespecismo. Por ello, tras el tercer aplazamiento del debate de prohibición de las corridas de toros en Colombia, se hace necesario congregarnos desde la solidaridad a preguntarnos por la posibilidad de generar una relación simbiótica entre el movimiento animalista y el feminismo, para así, potenciar las dos miradas críticas a una lectura de la tauromaquia como un problema social.

La tauromaquia ha sido entendida como uno de los espectáculos o, en su versión más distorsionada, una de las fiestas nacionales más extendidas por España y países colonizados como Colombia. Los taurinos la han querido posicionar como un relato popular y festivo en el que el encuentro, la diversión y la reflexión sobre la fuerza instintiva y racional, así como la muerte1, tienen un lugar clave. A esto se le suma la concepción de la tauromaquia como una actividad “cultural” que representa el sustento familiar en algún sector de la economía del país. Lo cual significa que hablar de toros, toreros, show de tortura y olé es meterse a una dimensión de símbolos de lo intocable: la tradición, el dinero y la fiesta. Y la violencia, que es el trasfondo estructural de la tauromaquia.

Violencia y tauromaquia:

Situar la violencia como un subtexto de la tauromaquia es importante por varios motivos. Uno, le resta hipocresía a las posiciones. Hay que dar debates transparentes en los que se deje claro que abogar por la tauromaquia es abogar por la violencia; y dos, permite generar relaciones entre categorías de dominación como la clase, el género, la raza y las especies.

En este texto no nos centraremos en el problema leguleyo, sino propiamente en los aportes teóricos que ha hecho la lucha antipatriarcal a la defensa de los animales y específicamente contra la tauromaquia, esto con el fin de unir fuerzas contra un espectáculo que nos condiciona como sociedad a la crueldad. 

Tradición y fiesta  

Alicia Puleo, ecofeminista española, dice en su libro Ecofeminismo para otro mundo posible (2011) que la tauromaquia es la lógica del rito de iniciación patriarcal. Habría que complementar y decir que también lo es del mito nacional de la fiesta “pública” y de la violencia nacional. La tauromaquia llega a América con el periodo colonial en 1535. Su inicio no sólo indica lo obvio, como que la corrida de toros es una tradición profundamente arraigada en la colonialidad cultural, sino que es fundacional. 

Hay distintos tipos de fundaciones, y la tauromaquia constituye una en la que clase, género y raza se juntan, como otra forma de expresión de la lógica sobre el otro, que no es más que naturaleza/salvaje/utilizable a la que dominar. Si la idea del mestizaje fue un ejercicio de homogeneización colonial e invisibilización de culturas y grupos humanos, el espectáculo taurino funcionó como la homogeneización de los diferentes estamentos de la sociedad existentes tras la “conquista”. Una manera festiva de generar puntos de encuentro en lo público, pero manteniendo el estatus de cada quien2. La fiesta taurina se instaló en lo que Quijano llamó la colonialidad del saber, proceso continuo que se reproduce mediante “la colonización del imaginario de los dominados” (Quijano, 1992, p. 12). En esta lógica el dominado se identifica con la cultura del opresor y se suscribe a ella para integrarse al paradigma regente. La colonialidad del saber y de la cultura desplaza otros saberes, la comunalidad, la pluralidad y otras formas de vivir la fiesta por un proceso de homogeneización.  

La tauromaquia se instala en el territorio con la Nueva Granada, haciendo parte de las fiestas populares y como ejercicio de integración de diversas clases, en un principio no hay plazas de toros, las corridas se llevan a cabo en las plazas centrales de ciudades y pueblos a manera de espectáculo de libre acceso. Su tono popular termina por despertar el rechazo de la monarquía española y con la llegada de Carlos III al virreinato de Nueva Granada la fiesta taurina se prohíbe. Es con la llegada de la república, que el sueño criollo por la integración y la homogeneización nacional que la fiesta taurina se reintegra a la vida cultural nacional, esta vez dando lugar a las plazas de toros3. Entonces, se podría pensar que la tauromaquia fue la fundación de una expresión de la lógica colonial a través de la aglomeración, de la celebración y la integración, es decir, de la fiesta al permitir al “otro” incorporarse en la identidad dominante a través del sueño mestizo criollo y republicano.   

La celebración festiva o los encuentros de juerga han estado marcados por la agresión, el asesinato y la crueldad al ser escenarios profundamente androcéntricos, donde los roles de género se exacerban mediante una performatividad de la masculinidad atravesada por la ejemplarización de conductas viriles. Son muchos los factores que distorsionan la festividad, entre ellos está la falta de herramientas para mediar los conflictos, la poca o nula voluntad política estatal para brindar condiciones que prioricen la vida y el respeto a los derechos humanos por sobre cualquier conflicto y un largo etc estructural. Por su parte, la tauromaquia, tal vez por conservar la tradición de siglos coloniales, es el espectáculo que mejor guarda una aglomeración de causas resumibles en tres elementos: la dicotomía naturaleza/razón-cultura; la mística de la virilidad y la interrelación de violencias.

Tauromaquia y género. Entre la mística y la destrucción

Cuando se habla de la relación entre la tauromaquia y la violencia de género, lo primero que hay que atender son las lógicas de dominación que les permite entrecruzarse. Desde la Modernidad se dio un proceso de construcción de dicotomías a través de una racionalidad filosófica que conlleva una sumisión de la naturaleza (animales y mujeres), en nombre de la racionalidad y la cultura (hombres). Es aquí donde la razón instrumental encuentra orientación en el capitalismo con eco en la organización patriarcal y extractivista de la naturaleza. Las mujeres, así como los animales, quedarían relegadas a lo que hay que dominar para alcanzar el Progreso. De aquí la explotación de la economía del cuidado, las industrias alimentarias basadas en el maltrato animal, la crisis ecológica, etc.

Frente a la mística de la masculinidad debe hablarse del sacrificio. En contraste con los roles femeninos asociados a la naturaleza y el cuidado de la vida, al hombre se le ha asociado con el guerrero, aquel que en nombre del Estado, la tradición y la protección dispone de su integridad física e incluso su vida.  En palabras de Segato (2021): 

La mas­culinidad está más disponible para la crueldad porque la socializa­ción y entrenamiento para la vida del sujeto que deberá cargar el fardo de la masculinidad lo obliga a desarrollar una afinidad signi­ficativa -en una escala de tiempo de gran profundidad histórica­ entre masculinidad y guerra, entre masculinidad y crueldad, entre masculinidad y distanciamiento, entre masculinidad y baja empa tía. Las mujeres somos empujadas al papel de objeto, disponible y desechable, ya que la organización corporativa de la masculinidad conduce a los hombres a la obediencia incondicional hacia sus pa­res -y también opresores-, y encuentra en aquéllas las víctimas a mano para dar paso a la cadena ejemplarizante de mandos y expropiaciones4.

Esta lógica de la masculinidad al servicio de la guerra, el Estado y la conservación de prácticas crueles ha sido particularmente nociva para hombres desempoderados, cuyas vidas terminan al servicio de sistemas de poder. 

Así, una de las preocupaciones que nos atañen como personas antipatriarcales está en el reconocimiento de la naturaleza opresiva del binarismo normativo y su capacidad para causar sufrimiento incluso en quienes aparentemente se benefician de él. Es esta memoria masculina la misma que lleva a los hombres a creer que la única expresión emocional válida para ellos es la ira. 

La tauromaquia cabe dentro de lo que Segato (2021) denomina pedagogías de la crueldad, al tratarse de un conjunto de “actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas”. Y que de la misma manera incorporan en la vida comunal  una repetición de la de la violencia  la cual “(…) produce un efecto de normalización de un paisaje de crueldad y, con esto, promueve en la gente los bajos umbrales de empatía indispensables para la empresa preda­dora. La crueldad habitual es directamente proporcional a formas de gozo narcisístico y consumista, y al aislamiento de los ciudada­ nos mediante su desensibilización al sufrimiento de los otros.” (Ibid) El torero y los novilleros pasan a ser arquetipos masculinos deseables por su capacidad de daño y tortura pública de un animal. Esta masculinidad mediada por la potencia, que pone en riesgo la vida de los hombres es celebrada y vista como deseable por los sectores más conservadores de la sociedad ibérica y latinoamericana, reproduciendo así los roles estereotípicamente asociados a los hombres y fortaleciendo el paradigma de la virilidad y la masculinidad violenta y normativa. Sobra decir que celebrar a los seres humanos por su capacidad de matar atenta contra un ethos democrático o libertario. 

Entonces, ¿podríamos hablar de una vinculación entre el maltrato animal y las violencias basadas en género? 

Aquí aparecen dos ejes de análisis, (i) la naturaleza opresiva de la figura viril que sacrifica su integridad física en nombre de una institución cultural demarcada por el proyecto Estado-Nación y el ethos colonial abordada anteriormente y (ii) la relación entre los roles tradicionales de género y la asociación entre mujer y naturaleza y la violencia ejemplarizante masculina para la demostración de potencia y dominio. 

Las violencias de género y el maltrato animal tienen una fuerte correlación trazada por relaciones de poder en la que nuevamente se ve una equiparación de mujer=naturaleza5. La concepción de las violencias interrelacionadas ha permitido fortalecer la intervención integral en la prevención y atención de casos de violencia machista al trazar un patrón en el que los animales son utilizados de alguna u otra manera como medios para ejercer violencia psicológica en las mujeres6. En el mundo de la tauromaquia se ve reflejada en el mundo sexista y el acoso sexual que abundan en espacios taurinos como las corridas de toros, o en situaciones como la que se presentó el 8 de mayo en el Congreso cuando en el debate del proyecto de ley de abolición de las corridas unos hombres acosaron y tocaron a una mujer que apoyaba la abolición7.

Los tres elementos, la dicotomía naturaleza/razón-cultura; la mística de la virilidad y la interrelación de violencias encuentran un estadio fundacional desde la colonia representada a través de la fiesta taurina. La atención sobre la fiesta no es menor, puesto que esta tiene un sentido intrínseco con los relatos nacionales, con la identidad patriótica y las tradiciones, que no han estado exentas de la violencia. La cuestión sobre la abolición de la tauromaquia tiene entonces todo que ver con qué relatos fundacionales nos rigen, lo cual refiere a la resignificación de la fiesta. Y por esto también es un asunto feminisita. 

Un patrimonio consecuente con la vida 

No es raro el argumento taurino que sostiene la tradición y la memoria como argumento guía para la perpetuación de la tauromaquia. De hecho, en España la tauromaquia fue declarada como Bien de Interés Cultural8. Sin duda, la fiesta taurina acarrea unos lenguajes estéticos propios que generan arraigo nacionalista como los trajes de luces, las plazas de toros y la fisionomía misma del toro de lidia. De la misma manera, se inflan las cifras económicas para dar soporte a la necesidad de darle continuidad a esta práctica9

La fiesta tiene espacios, arquitectura y estética. Es la movida de la memoria histórica contada en otros registros, por eso, aunque “en torno a la cultura de los toros se produjeron desarrollos arquitectónicos en muchas ciudades de Colombia, se tejieron relaciones sociales de relevancia para la nación (con políticos y artistas comulgando en los tendidos) y se estableció todo un complejo de referentes estéticos con ramificaciones en el vestir, la música y el sentido del ocio”, 10no debe dejar de ponerse en cuestión la naturaleza espectacularizante del sufrimiento animal y humano ni la memoria colonial y republicana que omitió y persiguió otras formas de diversión popular. Hay que resignificar los espacios físicos, arquitectónicos y estéticos porque son la reactualización de los principios del presente, por tal razón hay que preguntarse si la tortura y la pedagogía de la crueldad en el escenario taurino debe ser parte de esos principios actuales con lo que se orientará el futuro. Así como el maltrato animal es un tema clave en la abolición de la corrida de toros, también lo es la disputa entre el pasado, presente y futuro, que está materializada en el patrimonio, tradiciones y estética. Es curioso que en pleno auge del feminismo emergieron en la vida cultural popular figuras como C Tangana y Rosalía que reivindican estas estéticas nacionalistas españolas, abanicando los lenguajes plásticos de la tauromaquia. A estos fenómenos se les ha atribuido el carácter de caballos de troya del nacionalismo y las derechas españolas, al incorporar en su registro estético diversos elementos que refieren a tradiciones conservadoras o que en su defecto, invisibiliza el carácter homogeneizante del franquismo frente a Andalucía y otras regiones marcadas por la disidencia en España, o el carácter caribeño del reggaeton y las expresiones musicales populares del sur global. Esta regeneración de la estética colonial, lejos de fresca, merece ser examinada con pinzas en la construcción de narrativas propositivas frente a la reinterpretación de símbolos y tradiciones compartidas entre América Latina y España. 

Estamos en tiempos de tumbar estatuas, de vestirlas y travestirlas, y también estamos en tiempos de reconocer espacios de placer, ocio y diversión que pongan en relieve otras formas de conocer, ver y producir.  Resignificar el patrimonio cultural es replantear el grueso de los relatos nacionales para que no se basen en la mística de la masculinidad, la violencia como marca de los cuerpos, ni la tortura como espectáculo. Esto debe verse reflejado en el cambio material de los espacios, porque eso también somos. La filosofía del arte nunca ha estado tan alineada con la ética democrática, así que defender de manera acérrima una festividad de muerte y demostración de violencia nunca había estado tan lejos de los códigos ético-estéticos contemporáneos. El arte tiene una relación simbiótica con la política y los relatos identitarios, una lectura anacrónica de sus expresiones no es sino la negación reaccionaria de las transformaciones sociopolíticas que acarrea la sociedad en su conjunto. 

Condenar nuestra noción de “colombianidad” a un conjunto de prácticas coloniales no es sino reafirmar un destino  estéril para la sociedad colombiana. El patrimonio debe dar cuenta de nuestra memoria e historia, pero también de nuestra capacidad crítica, adaptativa y transformativa. 

En conclusión

El debate político debe conducirnos a pensar la fiesta y la celebración nacional en distancia de tradiciones que hacen parte de nuestra identidad y memoria colonial. Lo cual no es lo mismo que olvidar, pero sí es dejar de pensar la tradición como cuerpo inapelable que impide resaltar y abrazar lo cambiable, mutable y transformable. Pensar, transformar y dar nuevo uso al patrimonio material e inmaterial, y adaptarlo a los nuevos valores democráticos que permiten una vida pública para las mujeres y lo que se ha considerado “lo otro” hace y hará siempre parte de nuestras preocupaciones como personas antipatriarcales. La violencia ejemplarizante, la virilidad, la masculinidad normativa y conservadora son enemigas de la lucha antipatriarcal y de la libertad de todos los seres vivos. Romper la tradición no significa aniquilar la memoria histórica, sino más bien, apreciarla para así enaltecer la vida, el cuidado, lo común.

Hablar de la relación entre feminismo y antiespecismo empieza por luchar contra la tauromaquia, escenario donde se expresa lo peor de la masculinidad normativa y las tradiciones patriarcales, y por traer a la Plaza de Toros La Santamaría, y tantas otras en el territorio nacional, nuevas formas de vivir el ocio donde quepan infancias, animales, mujeres y hombres libres. De eso debe tratarse la fiesta, de fortalecer horizontes que contemplen lo público desde la vida y no desde la muerte. 

Bibliografía 

  1. https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/alfredo-molano-bravo/para-aficionados-column-366742/ ↩︎
  2.  https://www.banrepcultural.org/biblioteca-virtual/credencial-historia/numero-62/los-toros-en-la-colonia 
    ↩︎
  3. IBID ↩︎
  4. Segato, R. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad (p. 12). Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Prometeo Libros.
    ↩︎
  5.  https://www.animalesbog.gov.co/noticias/la-violencia-g%C3%A9nero-y-su-relaci%C3%B3n-maltrato-animal
    ↩︎
  6. https://antrozoologia.com/blog/la-relacion-entre-la-violencia-de-genero-y-el-maltrato-animal/
    ↩︎
  7.  https://twitter.com/CaroGiraBo/status/1788595772692251092 
    ↩︎
  8.  https://www.animanaturalis.org/n/46668/el-debate-final-la-tauromaquia-en-la-balanza-de-la-justicia-colombiana
    ↩︎
  9.  Se ha analizado cuál es el verdadero impacto económico de la prohibición de la tauromaquia para demostrar se que se trata de ganancias ocasionales y de empleos inseguros que no dan sustento significativo a familias y particulares. Así mismo, se evidencia una brecha importante entre los hombres que ejercen como toreros o novilleros de origen nacional y los toreros y novilleros de renombre de origen español. Esto demuestra no solamente que hay un gran mito en torno al negocio del toreo, sino también la reincidencia de la colonialidad en las prácticas. Para más información consulte Crespo Carrillo, C. A. (n.d.). ¿Quiénes son las personas que realmente viven de la tauromaquia en Colombia? Análisis Jurídico – Político. Recuperado de https://hemeroteca.unad.edu.co/index.php/analisis/article/view/7610/6945
    ↩︎
  10.  https://razonpublica.com/las-corridas-de-toros-y-el-patrimonio-cultural-colombiano/ 
    ↩︎
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Autores

  • Manuela Besada Lombana

    Artista visual y magister en Gestión de Conflictos Interculturales, ha trabajado en la intersección entre justicia comunitaria, migración, frontera, construcción de paz y arte contemporáneo. Su trabajo político se ha enfocado en la defensa de los derechos de las mujeres en el sistema penitenciario y en la relación simbiótica entre el arte contemporáneo y la política. Es docente universitaria, escribe textos curatoriales y trabaja en gestión de proyectos culturales.

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  • Daniela Rodríguez

    Socióloga de la Universidad Nacional de Colombia, interesada en temas de conflicto y paz, seguridad, estudios feministas, metodologías de investigación y literatura. Su trabajo político ha estado marcado por el movimiento estudiantil, la defensa de los DDHH en el marco de la protesta social y los derechos de las mujeres. Ha trabajado en el sector público en diversos temas, entre ellos la construcción de memoria histórica.

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Comentarios

One thought on “Sin traje de luces también hay fiesta y en ella cabemos todas

  1. Excelente descripción y ataque de ese acto barbárico
    Ruego q los los gobernantes tengan la conciencia y el valor de poner un fin a esta diabólica práctica

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