agosto 9, 2022

“Personas menstruantes” y el borrado de una identidad política

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Ilustración de Carolina Urueta

El sol de medio día se posaba sobre nuestras cabezas, nuestros ojos estaban puestos sobre el único objetivo que importaba: un balón de micro con los parches deshilachados con el que habíamos jugado tal vez los últimos cuatro años. “El mono”, como le decíamos al pelado que tapaba, daba directrices a su equipo para ubicarlos estratégicamente y yo me preparaba y agarraba impulso mientras el sudor de mi frente caía hasta mis pestañas. “No se vaya a dejar meter un gol de una nena, mono” le escuché decir a alguien mientras calculaba el tiro. De repente algo estaba pasando en mi cuerpo. Esa sensación de estremecimiento uterino tan difícil de describir, pero fácil de identificar, esa que significa que “te llegó”. El gol lo metí, pero no hubo tiempo de celebrar, pues salí corriendo al baño de mi casa. Ahí estaba, mi primera menstruación. 

Existe un pensamiento popular sobre la menstruación: que es algo sucio y que debe ser un motivo de vergüenza que deberíamos mantener oculto. Y como respuesta a esos prejuicios hay movimientos sociales, mayormente feministas, trabajando por la normalización de la menstruación como una situación propia de nuestra naturaleza. Se busca derribar los estigmas que nos ha impuesto un silencio sobre ella, sin embargo, muchos de estos movimientos parecen haber perdido el norte sobre la normalización misma, pues han enfrascado su discusión en ¿quiénes? tienen o no derecho a nombrar su menstruación. ¡Como si fuera algo “elegible”!

La menstruación es algo que me ha acompañado desde mis trece años. Aquel partido de micro en una cancha improvisada con ladrillos en la cuadra donde crecí, siempre quedará grabado en mi mente con lujo de detalles. Recuerdo a mi papá trayendo tres marcas distintas de toallas higiénicas y el alivio que le produjo saber que elegí las mismas que usaba mi mamá. No obstante, se me ha arrebatado cualquier posibilidad de nombrarla como mía ¿el motivo? nombrarme públicamente como un hombre trans. 

En una de esas interminables discusiones twitteras de señoras completamente exacerbadas por la mera existencia de las identidades trans, salió a flote la desafortunada relación entre algunas colectivas y activistas pro aborto, que nunca quisieron reconocer a las transmasculinidades como sujetos de derechos en esta lucha, y la enunciación de que toda persona que menstrúe debe ser nombrada “mujer”. ¿Sabrán estas personas que su empecinada idea biologicista y anticuada no sólo deja por fuera a personas trans, sino que también incluye en la categoría “mujer” a las niñas? 

Ya sabemos que es bastante problemático decirle a las niñas que la menstruación las convierte en “mujeres”. Están desligando nuestro contexto sociocultural desde el cual la enunciación de “mujer” implica interacciones directas con la percepción de su edad y la iniciación de su vida sexual. La menstruación es concebida como un paso de las niñas a convertirse en “mujeres” en cuanto a su capacidad biológica de reproducción. La mal llamada “Edad de merecer” es una representación simbólica de que sus derechos sexuales como niñas deben ser arrebatados para imponer sobre ellas una idea única de percibir sus experiencias menstruales y sus cuerpos para el consumo sexual y reproductivo. Esto resulta peligrosamente conveniente para su objetificación.

En el mismo pensamiento popular de que la menstruación es sucia y avergonzante, cabe un tercer pensamiento: los hombres no menstrúan. Frente a esta problemática, la Unión Transmasculina Andina (UTA) en su investigación «LOS HOMBRES NO LLORAN»: Prejuicios sobre las identidades transmasculinas en la Región Andina, asegura que existen algunas necesidades no resueltas en este campo debido a la falta de implementos e infraestructura para el cuidado menstrual en las transmasculinidades. Además, se ejerce una dominación sobre los cuerpos asignados femeninos al nacer en donde se generaliza que estas son experiencias que sólo habitan las mujeres cisgénero. Desde allí, afirma UTA, se aniquila sexualmente a las transmasculinidades frente a sus necesidades.

El Congreso de Colombia decretó este 19 de julio la ley N°2261 “por medio de la cual se garantiza la entrega gratuita, oportuna y suficiente de artículos de higiene y salud menstrual a las mujeres y personas menstruantes privadas de la libertad y se dictan otras disposiciones”. Con esto, el Congreso reconoce la existencia de personas que tenemos capacidad de menstruar y que no tenemos un autoreconocimiento de género como mujer. No obstante, esta medida ha causado una discusión (en twitter, por supuesto) alrededor de la enunciación del término “personas menstruantes”. Algunas de las personas que han querido separar los derechos menstruales del autorreconocimiento de las personas transmasculinas y no binarias asignadas femenino al nacer, señalan esta enunciación como “un borrado de las mujeres”. Sin embargo parecen ignorar, adrede, la existencia explícita de la palabra “mujeres” en la ley dispuesta. Esta omisión da luces de la verdadera intención que hay detrás del discurso colonialista sobre las personas asignadas femenino al nacer: lo que les resulta problemático es el reconocimiento de los derechos de personas trans y no binarias, pues nos consideran personas de segunda categoría.

Pero la visión de personas trans como ciudadanía de segunda categoría no es una visión nueva. Esta es derivada de teorías racistas y coloniales que no reconocían a las mujeres negras como sujetos de derecho. La transfobia sigue las mismas prácticas del racismo en el desconocimiento de las mujeres negras como sujetos de derechos a partir de las afirmaciones que decían, desde un contexto eurocéntrico y racista, que lo “no blanco” no podía ser considerado como “mujer”, por lo que se le asignaba a las mujeres negras la categoría de “hembra humana” como una clasificación previa al sujeto considerado “mujer”. Es decir, eran tildadas de “casi mujeres”, como lo explica la activista afro Lisa a través de uno de sus educativos videos en Tk Tok (https://vm.tiktok.com/ZMNqGbb39/?k=1).  Hoy, el término “hembra humana” está siendo utilizado para arrebatar a las transmasculinidades y personas no binarias asignades femenino al nacer la posibilidad de nombrarse desde su identidad de género a partir de características reduccionistas y biologicistas sobre los cuerpos que, además, resultan completamente violentas con las personas intersexuales.

No quisiera dejar de lado lo preocupante que es, además, que esta discusión esté excluyendo de primera mano a las personas a quienes afecta directamente la ley promulgada, pues se están fomentando debates alrededor de si personas privadas de la libertad pueden o no ser consideradas sujetos de derechos menstruales y sobre su identidad y libre desarrollo de la personalidad sin que estas tengan una oportunidad de participar en la discusión. Enfrascar la discusión en esta enunciación deja de lado por completo otras disposiciones de la ley que deben ser estudiadas, como la afirmación de que “se contará con implementos suficientes” pero que, al ahondar en el documento, parecen proveer de manera muy precaria elementos que no corresponden a la realidad de personas con, por ejemplo, flujos abundantes. 

Es necesario admitir una realidad que, incluso entre transmasculinidades y no binariedades, es una molestia pues no ha sido escuchada alrededor de nuestros activismos: la enunciación de “personas menstruantes” sí borra una identidad, pero no es precisamente la de las mujeres. Borra la identidad de transmasculinidades y personas no binarias asignades femenino al nacer, pues nuestras identidades, que al igual que la de las mujeres también son de enunciación política, están siendo reducidas a “personas” cuya única característica identificable es la capacidad de menstruar. También debemos ser nombrades desde nuestras identidades. Sí, existimos, también resistimos y reclamamos desde nuestros derechos y experiencias menstruales que se reconozca que estas nos atraviesan de manera diferencial y necesitan ser visibilizadas. 

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Autor

  • Ivan Danilo Donato Castillo

    Defensor de DDHH. Activista transmasculino en derechos sexuales, reproductivos y menstruales. Antimilitarista.Ha sido productor audiovisual de MOOCs en sexualidad de la Universidad de Los Andes para Coursera (2016), co-diseñador de los cursos Reconociendo la Diversidad; Vida, Familia y Redes de Apoyo; y Herramienta para la Defensa de mis Derechos y mi Ciudadanía de Fundación GAAT & EANx (2021) e investigador con la Unión Transmasculina Andina.

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