Oct 11, 2021

Fiebre Tropical: la literatura queer de un unapologetic Colombian maricon freak

Por Laura Steiner

A finales de 2018, en una peluquería en Londres, me di cuenta de que se me estaba olvidando hablar en español. Hacía un tiempo que me costaba trabajo hilar una oración entera sin meter alguna palabra o frase en inglés, pero ese día, mientras me cortaban el pelo, la película sobre todas mis tareas pendientes que rondó en mi cabeza, estaba totalmente narrada en inglés. Muchas veces he escuchado la teoría de que cuando uno empieza a soñar en un idioma, es porque ya lo domina. Llevaba años soñando en inglés, cada vez menos en español, y en determinado momento todos mis sueños sucedían very much in English.  

Decidí volver a Colombia para tratar de acortar esa distancia con el español, y con mi casa, que además del idioma también incluye tintos con azúcar en vasito de plástico, comer verduras que sí saben a verduras y sentir el trópico en la piel. Sentía que si estaba perdiendo el español, y la capacidad de narrar las películas en mi cabeza en un solo idioma,  probablemente estaba perdiendo mi casa y muy seguramente mi identidad. Y cuando por fin, después de dos años de vivir en Bogotá, empecé a hilar oraciones enteras en español, y a soñar con los “amigos” en vez de los mates, me topé con Fiebre Tropical que no es la sensación querer bailar salsa todo el día, sino el título de la maravillosa novela del escritor trans, Julián Delgado Lopera, publicada a principios del 2020 por FEMINIST PRESS y traducida recientemente al español por la editorial Planeta. 

Leer Fiebre Tropical es dejar que el Spanglish se apodere del cuerpo para entenderla, no como la inhabilidad de hilar una oración exclusivamente en español o en inglés, sino como el don de poderlo hacer en dos idiomas de forma simultánea.  

El libro es narrado desde la perspectiva de Francisca, una adolescente hormonal de 15 años que acaba de trasladarse de Miami a Bogotá, obligada por su madre, quien rompe constantemente la cuarta pared. Nunca pide permiso (y mucho menos perdón) al lector por usar slang en español y en inglés, ni por entretejer un idioma con el otro. 

La atracción entre mujeres es recurrente en el libro. No solo la de Francisca por Carmen, la hija del pastor de la iglesia a la que asiste en Miami, sino la que conocemos en un flashback, al enteramos de que en su juventud, su abuela, La Tata, también se sintió atraída por otra mujer. La identidad queer atraviesa gran parte del libro, en un constante paralelo entre el queerness de los personajes con el ir y venir entre inglés y español de la narradora, rompiendo así con las estructuras impuestas del “deber ser” y del “cómo hablar” para intentar nuevas formas de habitar el mundo.  

La novela, por supuesto, no es el primer libro queer ni el primero que trate sobre migración. Tampoco es el primero escrito en spanglish, pero sí es la primera lectura que me encuentro con una identidad tan evidentemente bogotana por su “you know, cachaco, back in Bogotá I smoked my Kool Lights” (Fiebre Tropical página 87) mezclada con una identidad gringa y una delicia de prosa que resulta del cóctel entre esas dos.  

Fiebre Tropical es un libro de autoficción y, como escritor trans e inmigrante colombiano en los Estados Unidos, Juli habita el mundo y escribe justo desde ese espacio liminal: entre el inglés y el español, entre Bogotá y Miami, entre ser colombiano y ser inmigrante, entre lo femenino y lo masculino.

“El evento más radical de mi vida ha sido la migración de Colombia. Me cambió la vida completamente. Me marcó en términos de quién soy, de mi identidad, de la geografía que habito, de la gente que tengo al lado. Me abrió a las posibilidades del mundo y a las posibilidades de quien soy” dice Juli. 

Nunca fue elección de Francisca dejar Bogotá para establecerse en Estados Unidos, como tampoco fue elección de Juli. Ambos fueron obligados por su madre. En el libro, Francisca viaja a USA junto a su madre Myriam, su abuela La Tata y Lucía su hermana. Todas hacen parte del matriarcado que Francisca describe como el gran “collective Female Sadness”, pues todas las mujeres de su familia llevaban una tristeza en el cuerpo: “tías could smell your tristeza before you smelled your tristeza” (Fiebre Tropical página 17). 

Fuera del libro, en el avión que salió de Bogotá con destino a Miami iban Juli, su madre y su hermana. En Miami, desde tiempo atrás, los esperaban su abuela y sus tías, el resto del matriarcado en el que creció el autor: un mar de mujeres que se reunían en el comedor de su abuela a quejarse “de la ineptitud de sus maridos o de los precios al alza del supermercado,” describe Juli en su charla de TEDx SoMa 2019. “Algunas [hacían] gestos grandilocuentes señalando con sus bocas, otras [inventaban] palabras”.    

Parece cliché, pero para alguien que escribe con ese nivel de precisión en el lenguaje vale creerle que sí, que siempre lleva un cuaderno donde anota todo lo que oye. Hoy, ese cuaderno de apuntes está plagado de voces de la calle y personajes de San Victorino, que recoge cuando viene a Bogotá, además de queens de la escena queer de San Francisco. Pero el primer cuaderno lo dedicó a los dichos y grandilocuencias que salían de las mujeres de su infancia:

“A mí me encanta parchar con gente mayor. Mi favorite demographic es señoras de 65 años para arriba tomando tinto,” dice Juli. Asegura que aprendió a ponerle tanta atención al lenguaje porque su abuela habla mucho. Y porque su madre habla mucho también. 

Y, en Fiebre Tropical, no hay un momento en que Francisca pare de hablar. 

Desde la primera línea del libro, la narración arranca como un bulldozer: “Buenos días, mi reina. Immigrant criolla here reporting desde los Mayamis from our ant-infested townhouse” y, para robarme el lenguaje del autor, ay reinita, con esa escritura you definitely got todita mi atención. 

Pero, antes de llegar a ese Spanglish y al placer de intercalar el inglés y el español de manera tan abierta, el lenguaje fue un lugar de incomodidad para Juli. Migrar a Estados Unidos a los 15 años fue experimentar por primera vez una jerarquía del idioma, en donde hablar español y un inglés imperfecto significaba ser el último eslabón de la cadena. 

En el supermercado la cajera lo miraba con impaciencia cuando él repetía what? Sorry, what? sin entender qué le estaba diciendo cuanto le devolvía su change. En varias ocasiones tuvo que traducirle a su madre lo que otras personas le decían y tratar de omitir los tonos condescendientes con que se dirigían a ella por no saber hablar inglés. Después de ser absolutamente histriónico, expresivo y loud loud loud en Bogotá, en el colegio en Miami se volvió mucho más introspectivo porque ¨no tenía acceso al mismo nivel de socialización por el lenguaje”, explica. De repente le empezaron a gustar más las matemáticas porque era la única clase en donde no tenía que hablar. 

Además, Miami fue sobre todo un limbo. Una ciudad donde las cajeras no tenían paciencia para un what? donde el colegio público era enorme comparado a su colegio católico apóstolico romano de Bogotá y una ciudad en donde no se podía ir a ninguna parte sin carro (y menos cuando todavía no se podía sacar el pase) y escaparse del colegio significaba ir a pasar el día en la playa. Pero también era una ciudad en donde en las fiestas había aguardiente y conjuntos vallenatos. Donde la iglesia quedaba en una calle con nombre en inglés, pero el servicio se daba en español, y en donde la mayoría de la gente que tenía a su alrededor afuera del colegio había nacido en Latinoamérica, o alguno de sus dos padres era inmigrante latinoamericano. Miami no estaba ni aquí (Bogotá) ni tampoco allá (in the USA)

Y quizás en parte por ese limbo, el lenguaje también parecía carecer de decisión. A veces español, a veces inglés y entonces ¿al fin qué?

Ese – al fin que – por supuesto tiene un spoiler: Spanglish, porque en retrospectiva, Miami es un punto de partida para Juli, es el “lugar donde nace un amor y un approach por el lenguaje muy distinto” pero, antes de ser el lugar donde nace ese placer de jugar con el idioma,  la ciudad representaba el espacio en donde su inglés no era suficiente, la relación con el español se empezaba a quebrantar y  su sexualidad no se podía expresar tranquilamente. 

“Yo llegué a Miami y todo era super heteronormativo. Yo pertenecía a una vida absoluta y brutalmente heterosexual” dice Juli. Eso fue hasta el día en que, según él, lo sacaron del clóset cuando una amiga bisexual lo llevó a un bar gay en donde conoció a su primera novia y word got around hasta llegar a los oídos de su madre. El matriarcado al que pertenece Juli no aceptó en ese momento su orientación sexual y la relación de mujeres que se conocen tan bien, y que se pueden oler la tristeza las unas a las otras, se quebró. 

Con la idea de estar lejos de Miami, y quizás más cerca a Colombia, Juli migró a Argentina por unos meses cuando se graduó del colegio. En Buenos Aires encontró que podía experimentar más con su apariencia y su sexualidad. Ya no todas las chicas que la rodeaban eran del prototipo mujer colombiana con “pelo largo y perlitas donde la persona más exótica de la clase era la chica de Barranquilla”. Juli se cortó el pelo y quemó (figurativamente) su brasier, frase que usa para describir “ese primer encuentro con el feminismo, donde me deshice de las reglas impuestas sobre el cuerpo y cuando por fin salí a la calle libremente sin brasiery donde interactuó por primera vez con drag queens y chicas trans en la calle. 

Cuando llegó el momento de postularse a la universidad, estaba seguro de dos cosas: la universidad debía quedar lejos de Miami y tenía que ser en una gran ciudad porque “estaba seguro que los sitios urbanos estaban llenos de gente gay”. 

Fue fácil escoger San Francisco. 

Además de estar lejos de Florida, y ser reconocida por ser una vibrante metrópoli gay, encontró la literatura chicana. Se identificó no sólo con su sintaxis y lo que decía, sino con la forma como sonaba. La literatura chicana, a través del uso de diversos idiomas, principalmente inglés y español, da cabida a esa multiplicidad de identidades que en Miami le había costado tanto trabajo entretejer. Encontró un hogar en la literatura chicana y las iteraciones de ese home se empezaron a dar con mayor contundencia: “lo sentí leyendo ´Beloved´ de Toni Morrison y ´Borderlands/ La Frontera´ de Gloria Anzaldúa”. 

Juli llevaba años viviendo y escribiendo en California, cuando Diego, un amigo mío colombiano de los mates de Londres, me sugirió buscarlo en Instagram. Puro performance y sabrosura, me dijo. Y, además, medio escribe en inglés, concluyó. Sold, por supuesto. 

El primer post al que llegué fue Juli con una peluca de pelo largo y negro, los labios pintados de negro y el contour echo mucho más grande para convertirlos en labiotes. Alrededor de los ojos un maquillaje que parecía imposible con tres capas de sombra amarilla, dorada y negra. Debajo de los ojos, dos perlas blancas para decorar.  El pie de foto dice “Here’s to being an unapologetic Colombian maricon freak taking over the street with the boo @heartslut.” 

Y, ¡¿quién es este personaje?! ¿Quién es este personaje que antes de sentarse a escribir necesita cantar Yuri? ¿Quién es el personaje que se sube con unas plataformas plateadas imposibles a dar un TEDx Talk sobre lenguaje y la poesía de la conversación diaria? ¿Quién es el personaje en drag del maquillaje dorado en la cara y las icónicas perlas pegadas a la piel?

Juli, el unapologetic Colombian maricon freak, lleva peinando y maquillando sus cejas hasta dejarlas enormes, haciendo drag con una una cierta alusión a ese prototipo de mujer Colombiana con pelo largo y perlitas, desde que su mejor amiga, La Reina de Azatlán, lo llevó a Esta Noche, un bar gay en San Francisco. Esta Noche era el sitio de encuentro de latinos del working class que venían a hacer noches de drag. Lo que empezó como un espacio para acompañar a su amiga, se convirtió en un espacio de juego y transformación para Juli.  

“El drag te baja la guardia de todo. El vestirse así abre el espacio para otras maneras de existir y eso genera una generosidad hacia los otros cuerpos y maneras de vida. No existe la necesidad de tener una jerarquía de belleza pues hay espacio para que todos estos cuerpos puedan salir y puedan convivir” dice Juli.  

En el drag Juli entró a un mundo en el que se rompen todos los binarios, un mundo que no se rige por el deber comportarse de cierta manera sino, por el contrario, por la celebración de ser uno mismo, de ser un mismo x10. De ser histriónico, de ser loud loud loud. 

En los escenarios, las drag queens se ganan a su público siendo witty, siendo chistosas y usando su cuerpo y el lenguaje de la manera más entretenida: “En un escenario lleno de queens no importa la gramática con la que hablan” dice Juli. “ Las drag casi que todo el tiempo se están inventando un idioma nuevo donde todo el punto es que la gente se ría y esté engaged. Como en el Spanglish, el drag inventa todo el tiempo también”.  

De la misma manera que el jugar con el lenguaje le produce inmenso placer, también jugar con su cuerpo. Una vez decidió que las lecturas a las que lo estaban invitando eran “aburridisimas a pesar de que la literatura es increíble”, así que decidió sacar el drag de los bares y llevarlo a las bibliotecas y espacios culturales. 

Además del performance, Juli encontró en el drag también gran parte de su familia queer. Durante esos primeros años en San Francisco la relación entre Juli y las mujeres de su familia seguía tensionada, no hablaban mucho, y eso apuró la búsqueda de él por otra estructura familiar.  “Yo necesitaba mucho una madre, para mi siempre ha sido muy importante tener una madre porque las mujeres siempre han sido importantes para mí”, dice el escritor. 

En el mundo queer la familia adoptiva actúa bajo la misma estructura que una familia tradicional, con tías y tíos y hermanas donde normalmente una mujer trans es la madre adoptiva. En el caso de Juli, Adela Vázquez, una mujer trans Cubana que emigró a los Estados Unidos durante los ochenta, es su madre adoptiva.

Además de actuar desde ese espacio maternal, Adela tiene una gran influencia en el storytelling de Juli. Al igual que su madre biológica, a Adela le gusta hablar. Le gusta hablar mucho. Durante meses se pasaban los días caminando juntas por San Francisco en “una mariconería divina” que, según Juli, era la total sobre exageración de manierismos y modos de expresión para contar una historia. 

En el libro ¡Cuentamelo! publicado en el 2014, Juli hace una recopilación de testimonios de inmigrantes latino LGBT y se reconoce como parte de esa estirpe. Su linaje queer, al igual que la literatura chicana, le ha dado un lugar a su voz. 

Lo que siempre vio como un “déficit” en el lenguaje, cambió en el momento en que empezó a centrar su propia realidad lingüística en la voz “sassy, full of confidence y tremendamente chistosa” de las drag queens que él trae a colación en sus textos. En la voz y los manierismos de Adela; la voz y las historias de su madre biológica y de sus tías que se sentaban a cotorrear en la mesa del comedor; en las voces de las señoras mayores de 65 años tomando tinto; en las voces de los cuenteros “afuera de la iglesia a la que íbamos en Cedritos”; y en la voz de un “chico trans hiperfemenino” como se autodescribe Juli. 

Ese es el idioma desde el que habla Francisca en Fiebre Tropical y es la voz arrolladora de Juli Delgado Lopera que, en algún momento, creyó que nunca iba a poder escribir “porque no manejaba el inglés perfecto”. 

La gramática que en un momento se caía por entre las ranuras del español e inglés, y que no escogía ninguna orilla, hoy en día vive más cómoda en un espacio fluido y es tremendamente fértil. La entiende como algo de feeling. “La percibo a través del cuerpo, la siento. Me interesa mucho más cómo suena la gramática y si se siente bien”.

Y es que a veces lo que realmente se siente bien cuando se vive en dos idiomas es meter una frase por ahí hoping it lands right. El lenguaje en el que escribe Juli, y en el que habla Francisca, es una mezcla de su casa y del país al que migraron.  No es uno más uno igual a dos, es uno más uno igual a un tercer idioma. Es el lenguaje interpelado por las experiencias, por el movimiento, por la sexualidad, por las personas con las que se rodean, por sus familias biológicas y las nuevas también. Es el lenguaje del performance, del placer de inventar y de entretener. Leer a Juli es entender el lenguaje como algo flexible, algo con lo que se puede jugar y experimentar y en donde el Spanglish no es una falta de identidad, sino precisamente la identidad misma. 

Laura Steiner es escritora, performer e improvisadora. Se graduó de periodismo en la Universidad de Nueva York (NYU) en el 2011 y desde entonces ha trabajado como periodista de planta (Huffington Post) y ahora como freelancer (Revista Diners, DRIFT Magazine, Oh Comely entre otras). En el 2015 obtuvo una maestría en teatro de CSSD en Londres donde encontró un hogar en la improvisación, específicamente en la comedia. Hoy en día trabaja como profesora de Narrativa Corporal en la Universidad de Los Andes en el programa de Narrativas Digitales. No trato de ser bailarina profesional pues desafortunadamente solo cuando cumplió 30 años descubrió que entrenar en un estudio de baile es lo que más le gusta hacer.

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