noviembre 9, 2022

El discurso de Carolina Sanín, libertad de expresión, apología al odio, pánico moral y teoría del reemplazo

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Portada de Carolina Urueta

Resulta cuando menos curioso que una persona ampliamente reconocida por referirse a sus detractores como “caterva de ignorantes”, por bloquear a quien le incomoda (y está en todo su derecho a hacerlo) y hasta por amenazar con demandar a otras escritoras por cuestionarla (suena a acoso judicial), sea defendida con la premisa del “derecho a disentir”. ¿Dónde está el disenso? ¿Quién tiene ese derecho y a quienes se les niega disentir desde la existencia? En el discurso de Carolina Sanín NO HAY DISENSO, hay monólogos eternos (debates de yo con yo) y un evidente afán de desacreditar cualquier opinión distinta a la suya, reduciéndola a embelecos, personalizando, infantilizando, minimizando y atacando directamente a quienes la emiten. Lo cierto es que puede decir lo que quiera, ser violenta, matoneadora y patriarcal, amparada en la libertad de expresión y no pasa nada. 

Hasta que sí pasa. Una editorial independiente mexicana decidió no distribuir sus libros (ya publicados y distribuidos masivamente por una de las mayores casas editoriales del mundo), por sus opiniones transfóbicas. Ella, por supuesto, grita “censura” y niega su transfobia. Su clase social la apoya y legitima sin conocer siquiera el alcance de su discurso. Pero, ¿qué es la transfobia? Quizás por no ser un término recogido por la RAE, su validadora de cabecera de lo que es nombrable, a la escritora se le dificulta aceptarlo como una posibilidad real. Sin embargo, sabemos que la transfobia se refiere a actitudes, sentimientos o acciones negativas que pueden incluir el miedo, la aversión, el odio, o el malestar hacia las personas trans, y esto, es un tipo de prejuicio y discriminación. 

Libertad de expresión y apología al odio

Y es que, la libertad de expresión no es absoluta ni nos exime de las consecuencias de nuestros discursos; en especial cuando forzamos tanto sus límites hasta que se revientan. Si bien la libertad de expresión existe para proteger incluso mensajes y declaraciones ofensivas y molestas, el derecho internacional también la limita en casos concretos (Amnistía Internacional) como en los discursos que hacen apología al odio y  cuando prevalece la protección de derechos de otras personas; para nadie es un secreto que las redes sociales han sido un catalizador de la ola de xenofobia, racismo y otras formas conexas de intolerancia. Todos ellos, discursos del “nosotros contra ellos”, construidos sobre la idea de un “enemigo” que nos va a destruir, aniquilar, exterminar, “borrar”. En todos esos discursos el enemigo es un grupo poblacional, una minoría social, a la que se acosa, ataca y perfila con expresiones que le deshumanizan, al punto de justificar privaciones de sus derechos humanos y, en los casos más extremos, hasta racionalizar el exterminio y delitos de lesa humanidad. 

Suena exagerado cuando lo llevamos hasta ese punto, pero contrario a lo que hace Sanín cada vez que usa el holocausto como recurso conspiranoico, aquí no vamos a banalizar el genocidio, sino a comprender que, como bien explica la Convención para la Prevención y Sanción del Genocidio, este no se trata de un acto aislado que por sí solo hace todo el daño, sino de una suma de actos que derivan en esa violencia; el holocausto no empezó con las cámaras de gas, empezó con la deshumanización, al negar la condición humana y capacidad de agencia política de un grupo poblacional, asociándolo con lo impuro, inmoral y antinatural, hasta llegar a excluirlo socialmente. La escala de medición de Genocide Watch que resume en 10 etapas el proceso del genocidio, lo explica muy bien: 1. Clasificación 2. Simbolización 3. Discriminación 4. Deshumanización 5. Organización 6. Polarización 7. Preparación 8. Persecución 9. Exterminio 10. Negación. Es fácil y aterrador ver cómo el discurso de la transfobia, no un discurso aislado pero sí la suma de esos discursos individuales, puede ubicarse tranquilamente en las primeras etapas y cómo encuentra en las redes sociales la herramienta idónea para socavar a ese otro, para adoctrinar y difundir la creencia de que estamos mejor sin ellos.

Actualmente, el derecho internacional de los derechos humanos reconoce un tipo de discurso no protegido por el derecho a la libre expresión: aquel que pueda constituirse en un discurso de odio (expresiones de odio, incitación a la discriminación, hostilidad y violencia)  contra cualquier grupo vulnerable. Es cierto que si la legislación local no es precisa frente a estas fronteras, va a ser muy difícil determinar cuándo la libertad de expresión se vuelve discurso de odio, pero existen otras herramientas como las leyes contra la discriminación y los tratados internacionales: 

El párrafo 5 del artículo 13 de la Convención Americana establece: Estará prohibida por la ley toda propaganda en favor de la guerra y toda apología del odio nacional, racial o religioso que constituyan incitaciones a la violencia o cualquier otra acción ilegal similar contra cualquier persona o grupo de personas, por ningún motivo, inclusive los de raza, color, religión, idioma u origen nacional.

Por otra parte, el artículo 134A del Código Penal colombiano refiere específicamente a los actos de discriminación, así: El que arbitrariamente impida, obstruya o restrinja el pleno ejercicio de los derechos de las personas por razón de su raza, nacionalidad, sexo u orientación sexual, discapacidad y demás razones de discriminación, incurrirá en prisión de doce (12) a treinta y seis (36) meses y multa de diez (10) a quince (15) salarios mínimos legales mensuales vigentes.

También está el Plan de Acción de Rabat que, además de definir los términos “odio”, “hostilidad”, “apología” e “incitación”, sugiere un umbral para delimitar las restricciones a la libertad de expresión y la incitación al odio, que consta de seis parámetros: 1. el contexto social y político, 2. la categoría del hablante, 3. la intención de incitar a la audiencia contra un grupo determinado, 4. el contenido y la forma del discurso, 5. la extensión de su difusión, y 6. la probabilidad de causar daño.

Y aunque no toda expresión discriminatoria cumpla con esos parámetros ni constituya un delito, o requiera una sanción –incluso la Declaración Conjunta señala sobre esa interferencia de la libertad de expresión y los discursos de odio que nadie debe ser penado por divulgar expresiones de odio a menos que se demuestre que las divulga con la intención de incitar a la discriminación, la hostilidad o la violencia–, sí deberían poder ser cuestionadas sin que ello sea tildado de cancelación o de una violación al derecho a disentir, y esto contempla, también, dejar de consumir esos contenidos, y no contribuir a su distribución, como medidas alternativas a la sanción.

Entonces, ¿dónde exactamente termina la libertad de expresión de Carolina Sanín y comienza la transfobia? ¿Y en qué etapa del daño causado por dicho discurso se rompe el pacto de clase que justifica esas expresiones discriminatorias?

El pánico moral

En la narrativa que viene construyendo Carolina Sanín desde el 2017, confluyen varios elementos mencionados anteriormente: un discurso público divulgado por una voz con poder y amplias plataformas –una cuenta con más de 200.000 seguidores en Twitter, espacio de opinión en la revista Cambio, hasta hace poco su propio programa en Canal Capital y la distribución de sus libros de parte de una casa editorial del tamaño de Penguin Random House, entre otras–, contra un enemigo que resulta ser una minoría social, en este caso, las personas trans, que van a acabar con el grupo mayoritario (las mujeres cis, según la teoría del borrado, el mundo entero, según su más reciente monólogo), fomentando un miedo irracional, poniendo la “discusión” en términos de ellos contra nosotros y provocando la obstrucción a un derecho, el derecho a la identidad de género y todo lo deriva de él. Y aunque la escritora se empeñe en negar también la existencia de este derecho y la identidad no debería requerir validación estatal, ya ha sido reconocido por la Corte Constitucional colombiana como un derecho. 

Lo que Carolina Sanín viene haciendo desde la publicación de su artículo “El mundo sin mujeres” en la revista Vice, tiene todos los elementos de un pánico moral, término acuñado por el sociólogo Stanley Cohen en “Folk Devils and Moral Panics” (1972), para describir “una reacción colectiva basada en la percepción falsa o exagerada de algún comportamiento cultural, frecuentemente de un grupo minoritario presentado como peligrosamente desviado y como una amenaza para los valores de las sociedad”. Los pánicos morales tienen una característica particular y es que calan fácilmente porque se crean alrededor de asuntos que siguen siendo tabú, razón por la que la gente casi no habla de ellos.

Vamos pues al artículo, que podríamos marcar con una primera banderita roja como el origen del pánico moral que fue creando Sanín sobre la idea del exterminio de las mujeres (para ella, hembras humanas) por cuenta de la posibilidad de que los hombres pudieran parir cuando se perfeccionara el trasplante de útero: “El augurio de un estado deseado por la sociedad: un «mundo feliz sin mujeres”

“El mundo sin mujeres” fue un artículo reaccionario detonado por la noticia sobre “el primer hombre trans embarazado”, la historia de Trystan que, como hombre trans, nació con útero y decidió gestar. Ningún útero aparte del propio fue utilizado para lograrlo, aún así, Carolina crea la ficción, no sin antes cuestionar y negar la identidad de Trystan, al decir que “el hombre que se presenta como hombre está gestando a un hijo, puede estarlo porque es una mujer, no un hombre”

De ahí en adelante, todo su discurso, disfrazado de teoría, debate y pensamiento “altruista” como ella misma explica, se construye sobre la negación de las identidades trans, un mínimo en derechos humanos. Pero su “preocupación” no se queda en el cuerpo ni en lo identitario y llega a la familia: “Y lo hacen con un claro objetivo: normalizar cualquier familia». Es imposible no asociar esta preocupación con los esfuerzos vaticanos por mantener la familia hetero y cisgénero como la única familia posible y esto resuena también con la facilidad con la que tilda de discurso conservador a la normalización de la existencia trans pero se contradice con su angustia por limitar la imaginación con respecto al género. ¿? No hay nada más limitado para la imaginación en lo relacionado al género que reducir el ser mujer a la capacidad de gestar y no hay nada menos conservador que romper con esa idea. Por supuesto, antes de dar la estocada antiderechos, aclara que defiende la equidad, los derechos de los homosexuales, incluido el derecho a la identidad y se preocupa por LOS FETOS.

“Yo defiendo la equidad entre todas las personas, defiendo los derechos de los homosexuales, incluido el de adoptar hijos, defiendo el derecho a transformar el propio cuerpo y reformular la identidad propia. Defiendo, también, el derecho del hombre del video a gestar y parir un hijo, si el feto no se ve afectado por las hormonas que su padre y madre toma para, según él mismo, parecer un hombre. No obstante mi defensa, me parece complicada la imagen. No la celebro; sobre todo, porque no es verdad”

En medio de su evidente miedo, a Carolina se le escapa otro clásico antiderechos. ¿Si despenalizamos el aborto ahora todas van a correr a abortar? “Si creemos en el derecho de todos los ciudadanos adultos de vivir su sexualidad entre sí como quieran, entonces también debemos celebrar el supuesto embarazo de un hombre”. Un derecho no obliga a celebrar el aborto, el divorcio, el embarazo o la identidad de nadie, solo a respetarlos. Y en esa misma línea de tergiversar derechos, señala que “la defensa de los derechos reproductivos (…) muchas veces, no busca ni la libertad ni la equidad, sino ampliar el alcance de la masculinidad y garantizar que el mundo —incluida la feminidad— es de los hombres”. Y ahí está, para mí, la parte más grave de todo esto: la idea de la feminidad asociada al embarazo, una idea que se repite en el texto (y en todo su discurso) y, una vez más, remite a la concepción femenina más esencialista posible: la de ser útiles para la sociedad en tanto podamos procrear.

“Además de suscitarme las preguntas que creo que haría cualquier ser social sensato y altruista en cuanto a cómo afecta el pasado tratamiento con testosterona al feto, o si el bebé va a poder o no mamar leche de su madre, el caso del «hombre embarazado» me preocupa políticamente: la imagen de un hombre madre favorece ciertamente la idea de la futilidad de la mujer, y, sin temor a ser apocalíptica, me parece el augurio y la patencia de un catastrófico estado deseado desde hace mucho tiempo: el de un mundo sin mujeres. El del mundo feliz sin mujeres”

Nuevamente, preocupada por los fetos y la función reproductiva de la mujer. ¿Acaso ese es su gran temor? ¿Que nos quiten la feminidad? ¿Y acaso la feminidad está en la capacidad de gestar? ¿Cómo es que tanto ha luchado el feminismo por disociar la capacidad de gestar como la función de las mujeres en la sociedad y justamente sea perder esa “exclusividad” la preocupación de Sanín y tantas otras feministas que comulgan con estas ideas?. 

Tres años después de publicado este artículo premonitorio, no de “un mundo sin mujeres” sino de su propia debacle, vino su más desafortunado trino:

Lo que parecía un mal chiste se alineaba cómodamente con los miedos irracionales sembrados en su artículo, planteando ese mundo sin mujeres, una vez más por la usurpación de la capacidad de gestar. No hay manera de negar que se estaba incubando un pánico moral que sentaba las bases del discurso que la escritora continuó desarrollando con los años, siempre volviendo al punto de origen y autorreferenciándose, hasta su más reciente monólogo, y hasta sus más recientes trinos.

La teoría del reemplazo

Pero ese trino no se queda solo en la siembra de un pánico moral y en la banalización del holocausto sino que también nos remite a la teoría del reemplazo. Cambiemos el órgano y el sujeto en el tuit, reemplazando la palabra útero por piel y hombres y mujeres por personas migrantes y blancos:

Dentro de no mucho tiempo, tan pronto como perfeccionen los transplantes de piel a migrantes, organizarán el exterminio de los blancos. Es el próximo holocausto. Lo sé con certeza y me vale verga que me digan loca. 

¿Cuántas personas saldrían a defender esto bajo el supuesto de libertad de expresión o derecho a disentir como manifestó Daniel Coronel en Cambio, la revista que le sirve de plataforma mediática a Carolina Sanín y que, a la fecha, no tiene ni una sola voz trans entre sus columnistas? ¿Y cómo es que esto les hace pensar más que, no sé, una película de zombies que vienen por nuestros cerebros? Esa construcción del enemigo imaginario que viene por nuestros úteros, también nos remite a la teoría del reemplazo, una reconocida teoría racista y xenófoba que sostiene que los blancos estarían al borde de la extinción por cuenta de la inmigración y la reducción de las tasas de natalidad en las mujeres blancas (culpa del feminismo, claro está). 

Antes de llamar “el gran reemplazo” a su teoría, se intentó posicionar como el “genocidio blanco”, pero esta no pegó y en 2012 el escritor francés Renaud Camus acuñó “Le grand remplacement”, una opción más “intelectual”, oh la la. Algunos exponentes de este “pensamiento”, protegidos por Trump con la excusa de “libertad de expresión”, son el comentarista de Fox News Tucker Carlson y el representante por Iowa Steve King. Suena a una distopía más, el terraplanismo rebrandeado por incels que culpan a las feministas de su soledad, de sus desgracias, pero deja de ser chistoso cuando un hombre se escuda en ella y la vuelve todo un manifiesto para asesinar a 50 personas en Christchurch, Nueva Zelanda. Y es que todas sabemos que Carolina Sanín no va a salir del estudio de su casa de Rosales a atacar físicamente a una persona trans, eso ni se nos cruza por la mente, pero quizás alguien susceptible a estas teorías de conspiración, decida tomar acción para evitar ese supuesto exterminio.

El gran reemplazo es una mentira, así como lo es el supuesto exterminio/borrado de las mujeres, ambas teorías arraigadas en el miedo a perder privilegios, de raza, de clase y de género (y esto incluye identidad de género). Pero no son mentiras inocentes, representan peligros reales para esos grupos minoritarios a quienes presentan como enemigos y usurpadores. Hacernos responsables por las consecuencias de sembrar estas ideas y sostenerlas como premisas de pensamiento es un mínimo humano.

¿Y el pensamiento?

Si bien Sanín se presenta como una gran pensadora, la inteligencia no necesariamente le da automáticamente la razón o la exime de causar daño. Y ella lo viene haciendo con la impunidad de quien goza de sus privilegios, ser una mujer blanca, de clase alta, con apellidos y demasiado tiempo libre para fomentar un discurso de odio disfrazado de teoría. 

El problema no es que Sanín plantee debates sobre el sexo y el género, que son necesarios y no son para nada nuevos en el feminismo, el problema es que para hacerlo deshumanice a una población y vulnere su derecho a la identidad. Y todo esto por la obsesión de ubicar el origen de todas las violencias contra las mujeres en la vulva, como si el feminismo se tratara de patentar el origen de las violencias y no de erradicarlas. El origen de esas violencias no está en nosotras, está en la creencia de superioridad de un género sobre otro, está afuera, no adentro, la sola idea de que así fuera es revictimizante y judeocristiana. 

El patriarcado no reside en la vulva, el patriarcado es un sistema que construye a un sujeto social al que puede oprimir y si bien esa asignación se hace originalmente por lo que llevas entre las piernas, sabemos que la socialización cumple gran parte de la labor, reforzando a lo largo de nuestras vidas, qué es lo femenino, cuáles son nuestros roles y nuestro lugar en la sociedad (parir, uno de esos), así es que nacer con vulva no nos hace las únicas posibles víctimas del patriarcado, ese biologicismo esencialista está mandando a recoger hace décadas. Y aunque sobra decir que las mujeres cis y las mujeres trans vivimos violencias diferenciales, también compartimos violencias; a una mujer trans no le revisan los genitales antes de acosarla en la calle. Esta no es una competencia por cuál está más oprimida, esta es una lucha para que a todas nos dejen de violentar y oprimir por razones de sexo y de género. Pero ese no es el debate que plantea Sanín ni las transexcluyentes, ellas simplemente quieren la exclusividad de las violencias anexas al sexo y para ello se empeñan en negar las identidades trans. La conversación sexo/género existe, no es nueva, pero no se da en Twitter, ni mucho menos se construye a partir de pánicos morales.

Además, para debatir qué es ser mujer y entrar en la ya ampliamente discutida conversación sexogenérica, necesitamos a las mujeres trans para recoger el espectro completo, esto no es un monólogo de 73 minutos de yo con yo autorreferenciándome, aquí sí cabe la diferencia y la diversidad, que en una conversación donde las mujeres cis somos mayoría y hemos tenido el control de la narrativa, al menos dentro del feminismo hegemónico, el disenso son las voces trans y todas esas voces que no han tenido el mismo tiempo de escucha, los mismos espacios y la misma difusión, mucho menos la misma protección de clase que ha tenido un discurso tan peligroso y pernicioso.

Por último, cuando una persona racializada señala un comportamiento racista, escuchamos. Cuando una persona trans señala un comportamiento transfóbico, atendemos y no salimos corriendo a defender a la persona señalada. Todxs somos responsables de dejar de omitir las violencias y los efectos dañinos de estos discursos discriminatorios sobre las vidas y salud mental de personas reales, de carne y hueso que, en varias ocasiones, ya han manifestado el desgaste que es para ellas señalarlo y resultar revictimizadas por el gaslighting de una persona que muy hábilmente, invalida sus reclamos. 

Espero honestamente que esta vez frenemos y desenmascaremos los discursos violentos y que este no sea un bucle más del mismo ciclo: escupir odio contra las personas trans en Twitter, ser confrontada, negar las violencias, victimizarse, recibir el apoyo y solidaridad de pares, revictimizar a quienes la señalaron, abandonar la plataforma y lanzar un nuevo libro, curso o taller.

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Para más información sobre discursos de odio y libertad de expresión, consulta:

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Autor

  • Ita María Díez

    Feminista colombiana, autora del libro “Que el privilegio no te nuble la empatía” (Planeta, 2020) y cofundadora de la colectiva Las Viejas Verdes. Ita María es Economista de la Universidad Icesi (Cali, Colombia) y tiene un MBA de Esdén Business School. Desde 2007 ha ocupado cargos directivos en importantes compañías de la industria de moda y tendencias como experta en marketing y estrategia (INVISTA, 2007-2012), análisis de tendencias y comportamiento de consumidor (WGSN, 2013-2017) y más recientemente incursiona en la industria de los medios independientes y alternativos (VICE, 2019-2020). Cuenta con más de una década de experiencia en generación de contenidos, nuevas narrativas, construcción de comunidades virtuales y comunicación digital y ha sido tallerista y conferencista de mercadeo, redes sociales y tendencias en América Latina. Actualmente se encuentra dedicada a apoyar y asesorar en estrategia de comunicaciones a organizaciones con enfoque feminista y de derechos humanos.

Comentarios

One thought on “El discurso de Carolina Sanín, libertad de expresión, apología al odio, pánico moral y teoría del reemplazo

  1. Gracias por esta argumentación juiciosa y esclarecedora. Creo que es un abordaje serio y necesario, con un muy buen equilibrio entre las razones teóricas y fácticas de la humanidad y el respeto que merecen las personas y familias sexo y género diversas.

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