marzo 24, 2022

El derecho a decidir es un clamor antirracista

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Collage de Carolina Urueta con fotos del Bloque Antirracista

A un mes de la despenalización del aborto aprobada por la Corte Constitucional de Colombia, reafirmamos que fue un enorme triunfo en la práctica y garantía de Derechos Humanos fundamentales. Y aunque mucho se ha dicho sobre el fallo de la Corte desde distintos ángulos, hace falta entender lo urgente que es abordar este tema con una perspectiva antirracista pues las personas negras, afro y racializadas del mundo, hemos liderado movimientos sociales que claman por la autonomía corporal desde hace siglos. 

El derecho a decidir es un clamor antirracista, decolonial y antipatriarcal. El aborto es por principio el reconocimiento de que en el cuerpo de cada persona, solo cada persona debería decidir. Este fallo es la oportunidad de entablar conversaciones difíciles en torno a la historia colombiana que ha omitido de sus textos históricos temas tan esenciales como la Ley de Libertad de Vientres (sobre la cual hablaremos más adelante en este artículo); las razones capitalistas que se esconden detrás de la pelea política por proteger las familias tradicionalmente constituidas (familias monógamas); y el catolicismo que llegó con sus consignas ideológicas a nuestro territorio bajo campañas violentas que ultrajaron a los pueblos originarios del territorio y a las comunidades negras que tenían esclavizadas. Vamos entonces a analizar por qué el antirracismo y el pensamiento decolonial necesariamente nos llevan a defender el fallo de la Corte Constitucional colombiana y nos llevan a seguir luchando para que el aborto sea legítimo, legal, libre y gratuito, de forma permanente, a lo largo y ancho del país. 

La autonomía corporal siempre ha sido un tema espinoso para las personas que tienen la posibilidad de gestar. Sin embargo, ha sido especialmente espinoso en el caso de las mujeres afrodescendientes, ya que se ha legislado sobre sus cuerpos desde su llegada al continente americano, incluso antes, como lo dice la autora Jessica Spicker en su ensayo, publicado en 1998, El cuerpo femenino en cautiverio: aborto e infanticidio entre las esclavas de la Nueva Granada: “Los amos neogranadinos lograron solucionar su problema de mano de obra esclava a través de incentivos a la sexualidad y la familia monógama, la tolerancia de la familia extendida y maternidad esclava. En la medida en que ella se embarazaba y paría, el amo adquiría un triple beneficio”.

Reconocer que en la historia de las comunidades negras/afro de Colombia el embarazo forzado ha sido siempre una realidad es fundamental para seguir legitimando una lucha que defienda el fallo de la Corte a favor del aborto legal. Ese reconocimiento histórico será lo que nos arroje una luz de verdadera comprensión sobre lo que representa la lucha antirracista por la autonomía corporal. 

Sara Castaño, de dieciséis años, es estudiante de once grado y hace parte del Colectivo Posa Suto. Se define a sí misma como negra queer de Bogotá y dice: “Vi una frase que decía ‘por las yerbas que bebieron mis ancestras para abortar tu mano de obra esclavizada’. A las mujeres negras se les negaba la vida, la voz y el ser, y ellas no querían ver cómo sus hijes crecían mientras sufrían lo mismo que ellas y sus antepasados. Así, ellas buscaron sus propios métodos para abortar, aunque se les fuera negado. Es un paso en la vida e historia de las personas negras, por abortos libres, seguros y sin restricciones, por maternidades deseadas y espacios seguros”.

La Ley de Libertad de Vientres, por ejemplo, que fue el inicio de una discusión sobre la abolición de la esclavitud y que hoy se recuerda como un paso importante en la lucha por la libertad de las personas negras en Colombia, tuvo un altísimo costo para la autonomía reproductiva de las mujeres negras esclavizadas pues garantizaba a los “dueños” de personas esclavizadas que la descendencia de las mujeres negras fuese también esclavizada hasta los dieciocho años, asegurándoles mano de obra forzada por una generación más. Dicha Ley cumplió 200 años el año pasado y era una “libertad” a medias, condicionada a favor del esclavista, pues la descendencia de las mujeres esclavizadas tenía que trabajar de manera forzada hasta que alcanzara la mayoría de edad. Como si fuera poco, el esclavista recibía subsidio financiero por parte del Estado por cada niñe, puesto que la Ley buscaba “disminuir la compra de personas esclavizadas”, para ahorrar dinero en transporte y porque en el Caribe (de donde venían muchas personas esclavizadas) ya se oía el reclamo por abolir la esclavitud, lo cual hizo de la “compra” una actividad ilegal en muchos otros lugares. Es necesario precisar que las personas esclavizadas que venían del Caribe, es decir, las que eran “compradas”, representaban una mayor costo para los esclavistas, por lo que se consideraba mejor “invertir” en que las mujeres esclavizadas procrearan, y por eso los esclavistas incentivaban los matrimonios y la monogamia. 

En ningún colegio se enseña sobre la historia de la esclavitud en Colombia, ni sobre esta Ley y sus consecuencias, ni se analiza cómo históricamente se ha legislado sobre el cuerpo de las mujeres, incluso en las medidas que teóricamente pretendían dar libertad. Cuando se trata del reconocimiento de la historia afrodiaspórica, las instituciones deciden ignorarla y evadirla, haciendo como si no hubiera existido y esa omisión histórica es muy grave pues resulta en la ignorancia y apatía de les ciudadanes. 

Dice el texto El cuerpo femenino en cautiverio: aborto e infanticidio entre las esclavas de la Nueva Granada, publicado por Jessica Spicker, sobre la Ley de Libertad de Vientres: “La mujer legaba la condición de esclavitud a su hijo, lo que representaba un incremento en el capital de los amos al mismo tiempo que una posibilidad de resolver el problema de aprovisionamiento en mano de obra esclava.” Esto ha dejado una huella real en nuestros imaginarios, contando además que la gestación se ha ligado a beneficios económicos patriarcales y capitalistas como continuar delegando el cuidado del hogar gratuito a las madres o exigir que las personas gestantes tengan descendencia para que no desfallezca la “producción” de mano de obra, estos son solo algunos ejemplos que en nada se relacionan con el Derecho a la vida. En aquél entonces, como ahora, la gestación era una cuestión de “ganancia”. Pero, ¿quienes ganaban? Las ganadoras no eran las mujeres, que no podían decidir libremente sobre sus cuerpos, sino que ganaba el sistema capitalista: una característica colonial que hemos heredado. 

Hablemos ahora de las comadronas, las parteras de las comunidades negras y afrodiaspóricas, que no son, ni han sido, ajenas a prácticas abortivas. De hecho, se prohibió que las parteras siguieran llevando a cabo sus prácticas medicinales y dicha prohibición se fundamentó en una cuestión de racismo epistemológico, como se muestra en la historia afroamericana: “Los ginecólogos sacaron a las mujeres del campo de la salud reproductiva a través de una estrategia de cabildeo que desembocó en leyes estatales que prohibieron el trabajo de las parteras y los abortos. Esto no solo minimizó la importancia de la salud reproductiva de las mujeres, sino que también sacó a las mujeres negras calificadas y capacitadas fuera de los servicios médicos. El aborto enmarcó de forma conveniente la campaña que permitió la monopolización de los cuerpos de las mujeres por la mano de doctores hombres”. Así lo afirma Michele Goodwin, directora del Centro de Biotecnología y Política de Salud Global de Irvine, en su artículo La historia racista de las prohibiciones del aborto y la partería publicado en el 2020. 

Esto nos deja ver que el racismo estructural heredado de la colonia penaliza el aborto, no como una cuestión religiosa o ética. Lo penaliza porque buscaba homogeneizar las prácticas médicas, buscaba crear un nuevo estatus para los hombres blancos que iban a las universidades y porque necesitaba garantizar su orden social y económico racista y explotador de las personas negras. Lo más conveniente era satanizar las prácticas medicinales que no hicieran parte de lo hegemónico, en especial las prácticas ancestrales de pueblos originarios o de pueblos afrodescendientes. Sin embargo las parteras veían en el aborto una manera de incidir en sus procesos de resistencia contra “el amo blanco” y una forma de reclamar su libertad:  “Una resistencia específicamente femenina durante la esclavitud fue el aborto provocado por las esclavas mismas. Ya que si el niño nacía podía representarle al amo una mano de obra gratis que con el tiempo se capitalizaba”. Asegura Jessica Spicker en su ensayo. 

Mirar la historia con una perspectiva antirracista significa entender que debe haber reparación histórica. Significa reconocer lo poco a lo que teníamos derecho dentro de un sistema patriarcal, extractivista y capitalista en el que la única opción digna es que la vida se geste de manera deseada, siempre. Detrás del fallo de la Corte no hay una lucha singular sino que hay varias luchas reunidas, todas buscando dejar al patriarcado con menos herramientas para legislar sobre los cuerpos de las personas: “Hay que tener ahora un enfoque étnico de lo que es el aborto o la interrupción voluntaria del embarazo y no desconocer que nuestras comunidades se han apropiado del conocimiento de las plantas medicinales para llevar a cabo los abortos. Ahora que no es delito, no tiene que ser clandestino este conocimiento y deberían establecerse políticas públicas serias, especialmente en los territorios donde se forme a las mujeres, a las parteras, a las comadronas, para que rescaten ese conocimiento ancestral de las plantas y puedan estos métodos culturales ser utilizados por las mujeres negras para llevar a cabo la interrupción voluntaria del embarazo ya que no es delito”. Afirma Dora Inés Maturana Maturana, mujer afropereirana de 42 años, madre de una niña de seis años, abogada especialista en derecho administrativo, magister en defensa de derechos humanos ante organismos internacionales y aspirante a doctorado, activista social y líder de la organización Guadalupe Zapata.

También es importante que nos preguntemos cómo el delito del aborto criminalizaba especialmente a ciertas mujeres. ¿Quiénes iban a la cárcel por este delito? Valeria Angola, mujer afrocolombiana de 31 años, columnista de Malvestida, podcastera de Afrochingonas y activista del colectivo Afrontera, señala: “Lo que a mi me parece importante de todo esto es que las mujeres hemos abortado en muchas circunstancias. Las ricas han abortado y las pobres también abortan, y las negras y todas hemos practicado el aborto de muchas maneras: con yerbas, con plantas y a lo largo de la historia. Pero, ¿quiénes pueden pisar una cárcel? El aborto, digamos, era ilegal, pero realmente quienes terminaban en la cárcel eran aquellos cuerpos para los que la cárcel está diseñada, que son estos cuerpos de color, los que justamente no pueden acceder a la justicia. La cárcel ha sido un instrumento del racismo para mantener a estas poblaciones dominadas. La cárcel como un instrumento ideológico que coloca a ciertos sujetos desde una superioridad moral como buenos ciudadanos”. El asunto carcelario nos debe cuestionar de una manera similar a la que nos cuestionaba la ilegalidad del aborto. ¿De quiénes son los cuerpos que están privados de su libertad? 

Volvemos a ver que la lucha por la autonomía corporal es un legado del que nos hemos abanderado desde el antirracismo y esto implica poner bajo la lupa cualquier práctica que obligue a un cuerpo a llevar a cabo cualquier actividad. Implica, en este caso particular, seguir defendiendo la libertad de las personas que pueden gestar a decidir si quieren o no hacerlo. Es fundamental reconocer que el segregacionismo, la criminalización, la cosificación y la explotación de los cuerpos de personas negras/afro hace parte del racismo estructural en el que vivimos. Todo lo anterior responde a esa falta de autonomía corporal contra la que el antirracismo pelea fervorosamente. De manera que podemos encontrar en las mujeres negras importantes lideresas que han encabezado discusiones sobre el aborto en diversas latitudes. 

Un ejemplo de esto es la activista afroamericana Faye Wattleton quien en el año 1989 lideraba un colectivo de dieciséis mujeres negras que abogaban por el acceso al aborto libre. En un panfleto que escribieron y firmaron las dieciséis activistas, se muestra la frustración de seguir a la merced del Estado: “Vuelve a aparecer el argumento de que no podemos ejercer de forma responsable nuestra libertad de elección. Solo que esta vez dicen que son las mujeres afroamericanas quienes no pueden pensar por sí mismas y que, por ende, no se les puede permitir tomar decisiones serias. Hay un argumento flotando por ahí que dice que no deberíamos tener la libertad de tomar control de nuestras vidas y proteger nuestra salud, que los derechos que tenemos sobre nuestros cuerpos son limitados”.

Entonces, el pasado 21 de febrero Colombia empezó a cerrar brechas de deudas históricas que tiene con las mujeres y las personas de géneros disidentes que pueden gestar, especialmente con las mujeres y personas de géneros disidentes negras. Afronterada, de 20 años, es activista y estudiante de diseño y ciencias sociales con enfoque afrodiaspórico, creadora del proyecto digital e Instagram @Afronteradas sobre historia y perspectivas decoloniales acerca de raza, género, cultura y diáspora, y dice: “Hablar de aborto, sin reconocer que, más que un tema polémico de la modernidad creado por feministas, en su mayoría blanca- mestizas, ha sido una práctica ancestral y de fuga ante un sistema explotativo, violento y colonial, que ha mutado de distintas formas, pero que no deja de cobrar vidas actualmente. En Estados Unidos ya se ha hablado en los últimos años y se ha comprobado que las niñas negras suelen ser más susceptibles a que les adultifiquen y, en ese sentido, ellas tengan que asumir a edades absurdamente tempranas estereotipos, estándares y responsabilidades que otras mujeres no racializadas y con privilegio de clase, probablemente solo enfrentarían hasta años después o tal vez nunca ¿Qué nos hace pensar que las niñas negras/racializadas, sobre todo en un territorio como Colombia, con un legado colonial y violento tan latente, no sigan viviendo en sus distintas formas los sesgos, la cosificación y limitación en relación a sus cuerpos? Sabemos que este fallo no puede irse solo, su propósito no solo fue despenalizar el aborto e impedir que más niñas y mujeres terminaran en condiciones precarias y hasta mortales. El fallo es el punto de partida para repensar la efectividad de las instituciones al prestar un servicio de salud oportuno y digno, de apostarle a garantizar los derechos sexuales y reproductivos de todas las personas, de educar con un enfoque diverso, porque no podemos seguir opinando y legislando sin ser conscientes de la historia y las implicaciones sociales que la mayoría de colombianos siguen pasando”.

De manera que celebramos el fallo de la Corte e invitamos a hacer un reconocimiento de la historia de nuestro país con ojo crítico y con un enfoque étnico/racial pues la autonomía corporal es algo que las comunidades afrodiaspóricas han gozado, parcialmente, solo desde la modernidad. Como nos lo dijo IsaMary Quinto Mosquera, estudiante de Derecho de 21 años, de Nuquí, Chocó: “Esto de  que las mujeres negras decidan sobre su cuerpo es algo muy muy importante, porque en un principio se nos vio como objetos de reproducción con un fin y que en estos momentos una pueda decidir es una necesidad vital. La autonomía se nos ha negado históricamente y se ha puesto en un lugar donde no nos pertenecía”.

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Autor

  • Carolina Rodríguez Mayo

    Viajera, profesora y escritora. Literata con opción en Filosofía. Especialista en Comunicación Multimedia. Ha publicado su trabajo en revistas de colombianas como Literariedad, Sombralarga y Sinestesia. Columnista de la revista Iberoamericana Afrofeminas. Fue elegida como parte de una antología de jóvenes poetas, Afloramientos, los puentes de regreso al pasado están rotos publicado por Fallidos Editores. Su poesía ha estado en lugares como la Universidad de Brown y en el podcast Gente que lee cuentos. Produce el podcast Manifesto Cimarrón donde conversa sobre negritudes, diversidad y resistencia.

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