marzo 4, 2022

El cuidado será feminista o no será: ¡Juntas en contra del virus de papiloma humano!

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Ilustración de Carolina Urueta

-Ya es tarde Heidi. Pregúntale a la paciente si acudirá a la cita- le dije mientras miraba la hora en el reloj. Me contestó que en la carretera había un choque y que, a pesar de que se había salido con mucho tiempo de anticipación, no avanzaba pero que ya estaba cerca. Así vimos pasar los minutos mientras se terminaba el tiempo programado para ella y se acercaba el horario de la siguiente paciente. Yo, en mi imaginativa cabeza, buscaba soluciones posibles porque en la CDMX es muy probable que el tráfico merme nuestros planes pero, al mismo tiempo, me ponía a pensar en el tiempo de la siguiente paciente que sí llegaría a consulta. Al final, faltando quince minutos, me di cuenta que era imposible verla con el debido cuidado sin que afectara el tiempo de las demás. Pedí entonces que se reagendara y me dispuse a hacer pequeños pendientes en esos pocos minutos restantes que técnicamente tendría libres. Poco después tocó el timbre y la asistente le explicó que se debía reagendar. Desde mi escritorio pude oír a una mujer quebrarse. 

Desgraciadamente estoy más habituada al dolor de lo que quisiera y supuse que la reacción que tuvo de perder una cita podría predecir lo que estaba viviendo. Las cosas se acomodaron y le pudimos hacer un espacio.

Desde que entró vi la angustia con la que caminaba y hablaba. En mi mente, previo a preguntarle,  adiviné  que se trataba de un tema relacionado con el minúsculo, y en la mayor parte de los casos inofensivo, virus del papiloma humano. Después de disculparse por la tardanza, me explicó que vivía en otro estado y que era el único día que pudo conseguir en su trabajo para acudir a la cita, dado que ya no podía con el miedo de pensar que podría  tener  cáncer. 

Le dije que primero la iba a revisar y que, fuera lo que fuera, la medicina estaba avanzada para combatir el peor de los diagnósticos. Que ya había llegado al lugar correcto y que encontraríamos una solución. Acto seguido, le pedí que me contara su historia que fue la misma que veo y escucho con una muy triste y elevada frecuencia: un doctor la revisó y le dijo que tenía VPH, que “le iba a dar cáncer”, que “eso le pasaba por tener vida sexual tan chica” y otra serie de mentiras que me narraba entre lágrimas, miedo, culpa y dolor. La quería abrazar y decirle que eso todo eso era falso, pero no hay ni siempre ni nunca en la medicina, así que le dije que antes que nada la debía revisar. 

La historia de siempre: los músculos del periné tensos al hacer el Papanicolaou, como si narraran de manera física el impacto emocional que venía arrastrando la mujer. Yo por dentro me repetía: que no sea nada, que no sea nada, que por estadística la hayan engañado para obtener algún beneficio monetario, que no sea nada, porque, aunque sea una infección leve por VPH, si se lo confirmo se va a estresar más por toda la historia que tiene, que no sea nada, que no sea nada. 

Al encender el foco del colposcopio, mostró un  cuello uterino perfectamente sano, con glándulas  del endometrio que se asomaban en la zona de transformación que une a los tejidos externos e internos del útero. Le tomé el Papanicolaou y le expliqué las características físicas que tenía su cérvix para decirle que no se veía ninguna lesión. Le pedí que se vistiera y que platicaríamos en breve. 

Ya sentadas, ambas con el semblante diferente y más tranquilas, le dije lo que siempre repito: la probabilidad de tener una infección por VPH es como del 80% a lo largo de la  vida. Si no es ahora, con probabilidad será después, y lo único que deben hacer es acudir a revisión. No hay medicinas que quiten el VPH, pero hay muchos prejuicios, mitos y tabúes alrededor de la infección. No hay manera de prevenirla al 100% (el preservativo disminuye el riesgo del contagio y no hay vacunas para todas las cepas de VPH) y, en la mayoría de los casos, el cuerpo logrará sanar el tejido infectado y, para aquella minoría que no lo logre sanar, estamos  las ginecólogas dispuestas a ayudar con la misma entrega y normalidad con la  que un oftalmólogo opera una catarata, un cirujano quita una vesícula con piedras o un otorrinolaringólogo corrige un tabique nasal. El verdadero problema del VPH no es su capacidad de causar cáncer, es la vulnerabilidad que provoca en las mujeres. La enorme cantidad de mentiras y prejuicios que todos los días las perjudican. Después de explicarle que su historia la veía casi a diario, y que no debía tener miedo, me respondió un tierno:   “me devolvió el alma al cuerpo, ojalá la pudiera abrazar”… Y  pues el impulso me ganó y M se convirtió en una de las escasas personas que tuve el privilegio de abrazar durante la pandemia. 

Cuando se fue del consultorio, esa pequeña felicidad se convirtió de pronto en un poco de frustración, al pensar cuántas mujeres siguen siendo lastimadas por parte del personal de salud y la sociedad misma al manipular la información de un virus tan frecuente y, en la mayoría de los casos, innocuo. 

M iba a estar bien y juntas seguiríamos haciendo lo posible porque así fuera. Porque juntas nos cuidamos, nos entendemos y arropamos. Juntas. Más allá de las aulas, los consultorios o los quirófanos, he aprendido que el acompañamiento es la primera acción que una médica debe tener con su paciente, porque sé que el mundo de afuera es muy agresivo y frustrante. Entonces nosotras, en la consulta, podemos y debemos  crear un espacio de confianza, seguridad y cariño. 

Les mando un abrazo a todas las personas que recibieron la noticia de que portaban VPH y no lo esperaban. La noticia no es fácil, por el impacto emocional que puede tener, sobre todo cuando son tratadas de forma violenta y llena de prejuicios. Pero no es tu culpa. Nunca lo es. No pierdas el seguimiento médico. El tiempo, el acompañamiento y la tranquilidad de que todo saldrá bien, serán tus mejores aliadas. 

El cuidado será feminista o no será. 

Cuidémonos juntas, siempre juntas. 

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Autor

  • Yoalli Aleida Palma Orozco

    Estudié Medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México. Hice la especialidad de Ginecología y Obstetricia en el Instituto Nacional de Perinatología. Posteriormente hice un diplomado en Colposcopia y Patología del Tracto Genital Inferior en el Hospital General de México y al terminar estudié la sub especialidad en Medicina Materno Fetal en el Instituto Nacional de Perinatología. Actualmente me dedico a la medicina privada en la ciudad de México.

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