marzo 26, 2024

Cocinar, llorar y seguir: Reunirse para recordar

Las fiestas, los feriados y festivos, las reuniones familiares, las costumbres y tradiciones, la cocina, la comida, también nos recuerdan a quienes ya no están. Guadalupe reflexiona sobre su duelo y la cocina.

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Ilustración por Isabella Londoño

Estaba por cumplir trece años cuando mi mamá me llevó a ver Ratatouille al cine. Aunque era una niña, recuerdo que la escena que más me tocó fue cuando Anton Ego, el crítico gastronómico y antagonista principal, experimenta un cambio de corazón tras degustar el sencillo plato preparado por Remi. Quienes la hayan visto pueden recordar ese throwback a su infancia que lo conmueve y hace cambiar su perspectiva hacia lo que define como alta cocina. 

Como Anton, mi vida ha estado profundamente marcada por recuerdos culinarios desde la infancia y la adolescencia. Recuerdo las meriendas con leche chocolatada congelada y sándwiches de queso y mantequilla que Erme, mi niñera, preparaba. Los almuerzos con soyo* y tortillitas de Ña Leo, la cremita de vainilla calentita de mi mamá en invierno, y sobre todo, los platillos de mi madrina, mi adorada Tía Bu.

Sin embargo, no fue hasta el año pasado, durante semana santa, que entendí completamente el sentir de Ego. Lloré mientras saboreaba un plato de bacalao con garbanzos y arroz al ajo, no de tristeza, sino por la nostalgia que me embargó. Apenas habían pasado dos meses desde que Tía Bu nos dejó, después de batallar siete años contra el cáncer de mama.

Su nombre era Eloisa, aunque todxs la conocíamos como Bu, Buchi o Beba (como le pusieron sus nietxs) era la chef de la familia. Durante años, nos deleitó con una variedad de platillos: desde helado casero de dulce de leche hasta milanesas con puré y roquefort, pasando por vitel toné y soufflé de palmito. Y, claro, cada viernes santo nos esperaba su especialidad: el guisado de bacalao con garbanzos.

Tía Bu iniciaba el ritual de alimentarnos meses antes, sumergiendo kilos de garbanzos en agua y pelándolos a mano. Cuidadosamente desalaba el pescado, asegurándose de su perfección. No toleraba imperfecciones, descartando cualquier legumbre que se partiera por la mitad. Licuaba el sofrito de verduras, facilitando su disfrute a niñxs y adultxs sensibles a las texturas. Su meticuloso esfuerzo culminaba en un día festivo, cuando sus cuatro hijxs, diez sobrinxs, hermanxs, cuñadxs, padres, y posteriormente nietxs y sobrinxs nietxs, se reunían para deleitarse desde el mediodía hasta las seis de la tarde, en una fiesta gastronómica que llenaba de sabor ese día estancado en el calendario.

Esto fue así inclusive cuando el cáncer le había quitado fuerza física y agilidad. En su último año, se dedicó a impartir instrucciones cual directxr de orquesta, para que todo estuviera en su punto. Y luego la cocina, como el resto de las cosas, fueron pasando a otro plano, hasta que inevitablemente, en enero del 2023, nos despedimos de ella y de sus ollas encimadas.  

Llegó abril, y con él, el cumpleaños de Tía Bu en la semana de Pascuas. Nos pareció, quizás por casualidad, una invitación a reunirnos y a recordarla de un modo especial. Mi mamá y yo decidimos convocar a la familia para comenzar pelando garbanzos, labor que nos llevó dos noches, asombrándonos de que ella había realizado sola esta tarea durante años. Después nos dedicamos a buscar sus recetas, porque Tía Bu era de esas cocineras que guardaban todo en la cabeza, sabiendo las medidas al tacto. Probamos una receta tras otra hasta que, al probar el guiso, sentimos que su voz nos confirmaba que estaba perfecto.

Así, el 7 de abril, nos encontrábamos sirviendo el guiso de bacalao con garbanzos, llorando, sonriendo y extrañando a Tía Bu. De alguna manera, parecía que estaba con nosotrxs, permitiéndonos sentir su calor, su risa, su ternura y su esencia. En ese momento, enfrenté y acepté la realidad de su partida y el vacío que dejó, encontrando paz en ese acto de memoria y amor.

Cocinar se convirtió así en un acto de amor y recuerdo, una manera de cerrar ciclos y abrazar memorias, permitiéndonos sanar las heridas del tiempo con cada bocado. Me gustaría invitar a quien lea estas líneas a mirar más allá de los ingredientes y las recetas, viendo en ellos la posibilidad de reconectar con aquellos que ya no están físicamente, pero cuya esencia permanece viva en cada plato que compartimos

Se acerca otro viernes santo, Tía. Ya pelamos los garbanzos. Perdón, se me rompieron muchos. Mamá hizo un poco de trampa y compramos el bacalao desalado. Estamos juntando las ollas y platos para recibir a la familia. Sí, te prometemos que también vamos a hacer chipa. Madrina, acepto que nunca voy a dejar de extrañarte, y abrazo la cocina y tus comidas como una nueva forma de abordar mi dolor.

Madrina querida, Eloisa, Buchi, Bu, Beba, hasta la próxima receta. 

Soyo* Plato típico paraguayo que consiste en una sopa que se prepara con carne vacuna y vegetales.

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