Jun 2, 2021

A DIETA Y A CULPA

¿Así queremos vivir toda la vida?

Por Andrea Bolívar Ivich

Imagina lo siguiente:

Acabas de cortar con tu pareja. En el trabajo te cuesta mucho esfuerzo concentrarte y cada día hay más chamba acumulada que ayer. En tus breaks de comida simplemente compras lo que esté más a la mano, a veces vas a la tiendita por una torta pero a veces ni eso, solo sacas algo empaquetado de la maquinita del pasillo y comes en tu escritorio a ver si hoy sacas la chamba, a ver si hoy logras detener el llanto hasta llegar a casa. Llegas a casa después de un trayecto largo y caluroso. Tienes hambre. 

En tu refrigerador hay condimentos, un huevo, una cerveza y una zanahoria aguada. En la barra un plátano más negro que amarillo. Aunque ya es algo tarde, podrías ir al super, pero tienes hambre en ese momento y además tienes que poner una lavadora que urge. No hay tiempo para todo. Decides pedir una pizza. O unas alitas. Bueno, equis, pides las dos. Cenas mientras ves una serie en netflix y luego te vas a dormir. En la mañana sientes un poco de inflamación y piensas “debería cenar más ligero”. Fríes el huevo en tu refri antes de salir corriendo a trabajar. A media mañana en plena junta sientes el hambre atacando de nuevo. En la junta hay café, donas y galletas y con eso te calmas el hambre. A la hora de la comida tus compañeres van a salir a comer juntes porque es viernes, decides que aunque tienes mucho trabajo realmente te caería bien la distracción y las risas así que los acompañas. Decidieron que van a ir a Carl’s Jr. Comes una hamburguesa y papas y al final, cuando todos se piden una malteada, se te antoja y pides tú una también. Regresas a trabajar feliz pero con mal de puerco. No puedes esperar a que acabe la semana. 

Al fin es sábado. Lo único que hay para desayunar es pizza fría de la noche del jueves y decides que al menos vas a ir a la tienda por tortillas y queso para hacerte unas quesadillas. Regresas de la tienda y te das cuenta que no hay gas. Olvidaste pagarlo porque siempre lo pagaba tu pareja. Te comes la pizza fría. Tu único plan es ir al super pero no quieres volver a casa y quedarte recordando lo que solías hacer con tu ex, así que le escribes a alguien para quedar de verse. Te bañas con agua fría. Al salir eliges un outfit que te gusta y al ponértelo te das cuenta que te queda apretado. Bastante apretado. De los brazos, de la panza, de los muslos. Te lo quitas. Quieres elegir otro pero si ese te quedó apretado, lo más seguro es que este otro también. Piensas en uno que podría quedarte, pero está sucio. Te inunda una profunda sensación de fracaso. No puedes hacerte de desayunar, no puedes ni siquiera vestirte. ¿Qué clase de persona eres? ¿Cómo llegaste aquí? ¿En qué momento subiste tanto de peso? Pero esque claro, desde que vivías en pareja te fuiste soltando con la comida y, comiendo como comes, con el culo en una silla todo el día, ¿qué otro resultado esperabas? No puedes más con lo mal que te sientes respecto a tu vida. ¿Qué hacer?

Me gustaría que de verdad pensaras en una respuesta.

¿Ya?

Soy muy psíquica y voy a adivinar que tu respuesta es: ponerte “a dieta y hacer ejercicio”

¿Le atiné? 

Ok, ok, no soy psíquica, es que “ponerse a dieta” es una historia muy universal y yo también he hecho un montón de dietas. La primera a los 8 años. 

Las conozco bien. La primera cita con el nutriólogo, que te pesa y te mide hasta los cachetes, y te explica cómo bajar de peso es una cuestión muy simple que solo se trata de calorías ingeridas y calorías quemadas. Te cuenta sobre lo malos que son los carbohidratos. Te da unas hojas. Una es una lista de alimentos permitidos y alimentos prohibidos. Te da instrucciones detalladas. “Está muy completa, vas a ver que no te va a dar hambre.” Sales ya sintiéndote mejor por estar haciendo algo bueno por ti. Compras todo lo necesario para seguir el nuevo régimen al pie de la letra. Te compras tus tortillas de nopal, cocinas tus muchas pechugas de pollo, tus muchas ensaladas, las pones en topers, te las llevas al trabajo. La primera semana bajas casi 2.5 kgs, para la segunda semana ya toda la gente a tu alrededor te está diciendo: ¡te ves muy bien! y, ¿sabes qué? ¡te sientes muy bien! No te sientes inflamada. Tu ropa te empieza a quedar de nuevo, estás feliz y eufórica, sientes que todo está mejorando y que ¡puedes lograrlo todo! 

Cuando toca ir a algún cumpleaños sí es un poco difícil negarse al pastel, pero igual llevas tu toper con jícamas y la libras. Ya no sales tanto los viernes a comer con tus compañeres para no estar tentada a comer hamburguesas y malteadas pero, todo bien. Te compras unos shorts nuevos. Se te ven bien pero se te verán aún mejor cuando bajes los siguientes 5 kgs. ¡Qué emoción! Por ahí de la 6ta semana vas al nutriólogo y te dice que esta vez no bajaste nada, ibas muy bien pero “te estancaste”. No te preocupes, es normal, solo hay que hacer algunos ajustes en la dieta. Te sientes un poco mal porque sabes que hiciste todo bien, todo al pie de la letra. Que igual te comiste una galleta un día en una junta pero solo había sido una. ¿Habrá sido esa galleta suficiente para no bajar lo que debía? Uff, a partir de ahora ya, ni una sola galleta, ahora sí. Continúas con tu dieta. Ya le sacas muy bien la vuelta a las tentaciones. Ya casi no extrañas el licuado de plátano ni los taquitos de frijol. De repente te duele un poco la cabeza. Quién sabe por qué. Otra invitación a una reunión. Hoy no estás de humor para evadir botanas y postres, mejor no vas. Además tienes pilates. Sales de pilates con muchísima hambre y, después de comer lo que te toca esa noche, sigues con hambre. Se te antoja muchísimo un mango pero lo tienes prohibido porque tiene mucha azúcar. Te comes un paquetito de galletas sin azúcar. No están tan buenas pero sí te llenan. 

Otro día en la oficina. Otro cumpleaños. Estás de malas y no sabes por qué, hoy no quieres ir al pilates, solo quieres hacerte bolita y ver netflix. Hace mucho que no ves a tus amigos. Otra vez te quedaste sin gas y se acabó el super. No sabes qué pedir porque todo está lleno de carbohidratos e ingredientes prohibidos y mejor te duermes temprano sin cenar. En la mañana te quedas un rato admirando lo plano de tu vientre en el espejo. Pospones el desayuno un poco para seguirte viendo así. Llevas tu toper de papaya con queso cottage pero no puedes dejar de pensar en los chilaquiles verdes de la fonda de enfrente. En verdad piensas y piensas en ellos. Qué tontería, ya piensa en otra cosa, tienes mucho trabajo. 

Otra cita con el nutriólogo. Vas “muy bien” pero ya no te sientes tan eufórica, de hecho andas muy irritable. Tu mamá hizo tamales y te invita a su casa. Tienes muchas ganas de verla. ¿Y si dejas la dieta solo por unos días? Ya has bajado bastante, ¿qué es lo peor que puede pasar? Comes tamales. Están deliciosos. Comes los chilaquiles verdes. Son tan gloriosos como los recordabas. Te sientes muy culpable. Retomas la dieta. Cada día es más difícil seguirla. En algún momento de crisis existencial, inducida por la restricción calórica, te preguntas si estás deprimida o si simplemente hay algo fundamentalmente mal dentro de ti. Debe haber algo muy mal contigo. 

No importa si es la dieta número 1 o la número 15, todas siguen un patrón similar. Pueden pasar años sin que se nos ocurra siquiera preguntarnos si en verdad vivir a dieta y a culpa es la única manera de vivir. No es como que se nos presenten otras opciones, no es como que nuestras mamás, nuestras tías o nuestras amigas, hagan las cosas de otra manera. Nos educa una sociedad que nos enseña a ver a las personas a través de un lente moralino capitalista que le pone precio y valor a nuestros cuerpos y sus formas, convirtiéndoles en representaciones del bien y del mal.  Aprendemos que cuando nuestros cuerpos cambian, aumentan su tamaño, adquieren estrías y dobleces, es siempre señal de una falla moral. Las dietas nos prometen que a través del sacrificio encontraremos la iluminación. Nos enseñan desde pequeñas que “fuerza de voluntad” significa la capacidad de soportar todo el malestar que implica encogerse. Y cuando no nos estamos encogiendo, hay que al menos desearlo en voz alta y frente a todo público. Es la única manera de expiar el pecado de existir en un cuerpo que se salió de los bordes aceptables. A dieta o a culpa, una y otra vez. Así podemos vivir toda la vida. ¿Así queremos vivir toda la vida?

Yo creo que no. 

Yo creo que hay un mundo más allá de las dietas y la eterna culpa. Que se puede vivir más en paz y con más respeto por nuestro cuerpo y sus procesos. Pero más importante: es necesario tomar una postura política frente a las dietas por la dignidad de todas las personas gordas. 

Las dietas no funcionan. No lo digo yo. Lo dice ya desde hace tiempo la ciencia. No existe método de pérdida de peso sostenible a largo plazo y, de hecho, son dañinas para la salud. El mal llamado “rebote” no es más que la reacción de supervivencia de un cuerpo sometido a restricción calórica prolongada. La realidad es que la gordura existe porque los cuerpos son todos diferentes y el estándar de la delgadez es una imposición social (una racista y clasista, por cierto, pero de eso luego hablamos). Sin embargo, todos los días profesionales de la salud influenciados por la industria de las dietas prescriben “pérdida de peso” a pacientes gordxs como medida para curar los mismos padecimientos que, en personas delgadas, sí investigan a profundidad y tratan con terapias, medicamentos y lo que sea necesario. Esto es una manifestación de la gordofobia profesional que maldiagnostica, deshumaniza y en ocasiones mata a personas gordas por sus prejuicios.

Las personas gordas merecemos diagnósticos basados en evidencia, merecemos cuidados y acceso a servicios de salud. Prescribir “pérdida de peso” es igual que prescribir nada. Bueno, no. De hecho, no prescribir nada sería potencialmente mejor pues estigmatizar a las personas por su peso tiene consecuencias negativas para su salud. Perder peso no es una conducta (a ver, pierde peso en este momento, ah que no puedes) ni es una terapia y, sobretodo: NO FUNCIONA A LARGO PLAZO.

Las conductas que pueden promover la salud de las personas, mejoran su salud aunque no le hagan bajar de peso. Los profesionales de la salud deben cambiar el enfoque del peso a otros marcadores y dejar de prescribir dietas como si fueran milagros curatodo. 

Nuestros cuerpos no necesitan cumplir con medidas ni estándares arbitrarios y lo contrario a una dieta no es el “descontrol”. Es poder relacionarse con toda la comida desde la confianza y la intuición. Es dejar de leer hojas de “permitido” y “prohibido” para aprender a escuchar al cuerpo y lo que necesita, lo que le da satisfacción. Es cambiar la culpa por la conciencia y el placer. 

Por la dignidad, el gozo y la liberación de nuestros cuerpos gordos: ¡DI NO A LAS DIETAS!

Fotógrafa gorda y pacheca. Le apasiona la ilustración, la liberación gorda y cualquier cosa que sea cursi y punk a la vez.

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